Crónica del Mojo Workin’ 2018

Al acabar el último concierto del sábado en el Mojo Workin’ Festival me encontré con un amigo dispuesto a seguir gastando suela bailando durante toda la noche al ritmo que, a partir de entonces, iban a marcar los allnighters. Al cruzarnos me dijo “espero leer tu sesuda crónica en El Contraplano. Yo le respondí “la crónica de esto no puede ser sesuda, sólo puede ser pasional”. Realmente creo que sería un error hablar del Mojo Workin’ en términos sesudos y racionales, valorar la grandeza de este festival por sus datos, aunque estos sean impresionantes. Porque no deja de ser impresionante que en esta ciudad  haya un festival de estas características que acostumbre a colgar el cartel de no hay billetes (700 personas cada noche), que haya traído a artistas tan legendarios como The Contours, The Vandellas, The Flirtations o Mitch Ryder entre otros y que nos brinde la posibilidad de ver conciertos con más de una decena de grandísimos músicos en el escenario acompañando a esas leyendas.

Podría escribir, de hecho empecé a hacerlo, una crónica más convencional desgranando las canciones que sonaron, los estilos y ese tipo de cosas. Pero el Mojo Workin’ es otra cosa, es una sucesión de momentos bañados por la magia del mojo.

Spencer Wiggins arropado por la banda

Uno de esos momentos mágicos fue el I can’t be satisfied de Spencer Wiggins. Hasta entonces el de Memphis estaba dando un bonito concierto orientado hacia el soul y el gospel. Como nos había avisado Arkaitz ‘Punko’ Kortabitarte (organizador del festival) el repertorio elegido por el cantante era tranquilo y no excesivamente festivo. Su voz patinó en un par de momentos puntuales pero la magnífica banda del Mojo le arropó en esos pequeños deslices. Entonces llegó la magia. La banda empezó la canción y Spencer, algo perdido, la paró, habló con los músicos y volvieron a empezar. El cantante empezaba a dar muestras de fatiga y en otras circunstancias el concierto igual hubiera decaído; pero no en el Mojo. Justo en ese momento surgieron las voces de las coristas para levantar la canción y el ánimo de Spencer. Un crescendo de intensidad que terminó en uno de los momentos más emotivos de la noche y del Festival.

Mojo Workin 18 de marzo de 2018 18

LaLa Brooks y la eterna juventud

LaLa Brooks fue, para quién esto escribe, la auténtica triunfadora de esta edición. La que fuera solista de The Crystals se ganó al público con su voz, su energía, su entrega sobre el escenario y su sincera sonrisa. Con unos envidiables 70 años (71 en junio) la neoyorquina acababa de dar un divertido y enérgico recital en el que desgranó los éxitos de la Crystals y algún otro extra, como el Be my baby, que popularizaron las Ronettes, para abandonar el escenario tras interpretar un Da Doo Ron Ron que fue coreado y bailado por todos. Pero eso no era todo, Lala regresó y versionó Proud Mary de la Creedence al estilo Ike & Tina, es decir “nice & rough”. Contenida y dulce en su primera vuelta, desbocada y salvaje en la segunda, con una Lala Brooks cantando y contoneándose en el escenario como si no llevase casi seis décadas de profesión. Seguramente el momento álgido de esta edición.

Mojo Workin 2018 53 17 de marzo de 2018

La second line del Mojo

Al acabar los conciertos la banda del Mojo acostumbra a ir del backstage a los camerinos tocando sus instrumentos a través del público como si fuera una second line de Nueva Orleans. Los presentes acompañan con sus palmas y coros a los músicos en una especie de ritual de agradecimiento y reconocimiento mutuo. Es ya una deliciosa tradición que este año fue aún más bonita al descubrir que entre el público estaba la mismísima LaLa Brooks. Recién cambiada y salida del camerino era una más dando palmas y cantando entre el público que hacía tan sólo unos minutos le había despedido con una más que merecida ovación. Parece que la de Brooklyn ha caído en el embrujo del Mojo como nosotros hemos caído en el suyo (en el de LaLa y en el del Mojo).

Little Jerry Williams y el zapato desabrochado

Little Jerry Williams (aka Swamp Dogg) apareció en el escenario con un cuidado estilismo, algo casi obligado entre los artistas del género y la época, una muestra de respeto hacia el espectáculo y los presentes. Allí estaba él, con kilos de oro colgando del cuello y un traje rosa a juego con sus zapatos. Sin embargo uno de los de ellos estaba desatado, un hecho que le añadía al cantante un cierto halo de fragilidad que se sumaba a sus más que evidentes achaques (creí entenderle que sufría de gota). No es que hubiera mucho peligro de que se tropezara ya que se mostró bastante estático durante casi todo el concierto aunque, eso si, con una elegante y aterciopelada voz. Su hija lo miraba todo muy atenta desde bambalinas. Entonces Jerry Williams se alejó del atril y amagó a bailar en el centro del escenario, unos movimientos apenas. Su hija entró rápidamente a abrocharle el zapato suelto, mientras él se reía de la situación. Hubo cierta ternura en todo aquello. En la hija cuidando al padre, en el público pendiente y preocupado por el cordón suelto, en el envejecido artista tratando de devolver el cariño que estaba recibiendo. Poco después se acercó a Paul San Martín, magistral al teclado como siempre, para pedirle que se desatara con un sólo. Así arrancó un enérgico fin de concierto en el que su voz estuvo muy por encima de su físico.

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Broche de oro con las Vandellas

En The Original Vandellas ya no canta Martha Reeves; pero a tenor de su estado actual casi mejor poder escuchar a la vivaracha Roschelle Laughhunn que puso muy alto el repertorio del grupo que fundaron sus dos compañeras en el escenario: Rosalind Ashford Holmes y Annette Beard Helton (las Vandellas originales que dan nombre a la formación). Cantaron todo lo que tenían que cantar -desde Heat Wave a Dancing in the street pasando por Nowhere To Run o Jimmy Mack-, bailaron, coquetearon, lo intentaron con el castellano y nos regalaron un maravilloso concierto para ser despedidas entre aplausos y con todo el público absolutamente seducido. Eso si, todos sabíamos que iban a volver y lo hicieron para, como no, versionar Got My Mojo Workin’, el himno oficioso del festival. Las coristas y todos los vientos -los que habían participado en su concierto y los del anterior- subieron con ellas al escenario. También Ronnie Nelson, el incansable director musical del grupo que no había parado de bailar y dirigir a los músicos durante todo el concierto. Sobre el escenario un momento de fiesta parecido al que se vivía entre el público: todo el mundo bailando y cantando juntos. Un broche final perfecto para los conciertos de este año, aunque no del Mojo porque todavía quedaba por salir (otra vez) la second line y las pinchadas allnighter.

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Antes también hubo conciertos de Los Jambos y Las Kasettes versionando clásicos del género, y una sesión vermouth el sábado con Black Fennec (aka Pat Fennec), pero corresponde a otros cronistas relatarlas.

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Larga vida al Mojo

El Mojo Workin’ es un pequeño gran festival que tiene una personalidad única y definida. Con una atmósfera tan divertida y acogedora que aquel que va un año quiere repetir al siguiente. El Mojo es, somos, como una gran familia con los brazos abiertos para acoger a más miembros. Todos los habituales se sienten (nos sentimos) parte del Mojo. Y eso es muy bonito. Tan bonito como difícil de hacer. Por eso conviene no olvidar la cantidad ingente de trabajo que hay detrás. Primero de Arkaitz, que ha sido el encargado de levantar y organizar esta edición. Luego de los voluntarios de la asociación Gure Gauza y por supuesto de los músicos de la banda que dedican muchísimas horas de su tiempo a preparar estos dos días. Para ellos toda nuestra gratitud y cariño. Ojalá también todo el apoyo institucional para proteger y facilitar su celebración. Quiénes han construido algo tan especial, tan exitoso y tan vivo, merecen ser reconocidos y apoyados, porque no es fácil encontrar a gente dispuesta a dedicar tanto tiempo, esfuerzo y riesgo a un proyecto como este. ¡¡¡Larga vida al Mojo!!!