Reseña de Rebuilding, de Max Walker-Silverman
Dusty es un cowboy. Todo en él lo dice: su nombre -Dusty quiere decir polvoriento-, que en realidad es solo un apodo; su ropa -sombrero, botas y tejanos desgastados-; su vida entera en Colorado, viviendo en un rancho, midiendo los días por acres de terreno, cabezas de ganado y paseos a caballo. Sin embargo, ahora Dusty se pregunta si se puede seguir siendo un cowboy, un vaquero, cuando ya no tiene vacas porque un incendio ha reducido sus acres de terreno a cenizas; cuando el fuego ha destruido su rancho hasta los cimientos; cuando su caballo descansa en el establo de un amigo porque a él no le queda nada y vive en un campamento de caravanas de la FEMA junto a otra media docena de familias que, como él, lo han perdido todo. El incendio no solo ha quemado una casa: ha quemado una forma de entenderse a sí mismo. La tierra familiar ya no sirve como garantía, el rancho ya no simboliza futuro y la idea del cowboy autosuficiente se ha desvanecido.
Dusty es el protagonista del segundo largometraje de Max Walker-Silverman, un cineasta al que no le interesa demasiado el cine como acumulación de conflictos, giros y grandes escenas dramáticas. No le interesa tanto la catástrofe como sus consecuencias. No le interesa el fuego como espectáculo, sino lo que queda cuando ese fuego se apaga: las cenizas, el terreno arrasado, la vida suspendida, la burocracia, la vergüenza, la necesidad de pedir ayuda y la dificultad de aceptar que aquello que llamábamos hogar quizá ya no existe.

Walker-Silverman escribió Rebuilding después de que la casa de su abuela ardiera en un incendio en Colorado. La película nace, por tanto, de una experiencia cercana, pero a partir de ahí construye algo más amplio: una reflexión sobre la pérdida, la comunidad, la familia y la posibilidad de volver a empezar sin que ese volver a empezar signifique necesariamente restaurar lo anterior. Ese es el camino que recorre la película: el que lleva a descubrir que reconstruir no es levantar otra vez la misma casa en el mismo lugar y fingir que nada ha pasado. Reconstruir es aceptar que algo se ha roto de verdad y que, a partir de ahí, habrá que aprender a vivir de otra manera.
Rebuilding no es una película de superación sobre un hombre luchando por recuperar su rancho, sino la historia de un hombre que empieza a recuperar vínculos. En especial con su hija, Callie-Rose, interpretada por Lily LaTorre, y con su exmujer, Ruby, a la que da vida Meghann Fahy. Dusty ha sido, en el mejor de los casos, un padre intermitente; seguramente no por maldad, sino por una mezcla de orgullo, trabajo, torpeza emocional y esa huida hacia delante que tantas veces se confunde con carácter. El incendio le quita su papel de vaquero, pero le obliga a ocupar otro: el de padre presente. Cuando pierde lo que creía que le definía, aparece la posibilidad de ser alguien distinto. Su identidad masculina tradicional -propiedad, trabajo, autosuficiencia, silencio- es sustituida por una totalmente nueva para él: cuidado, presencia, dependencia, escucha.
Walker-Silverman trabaja todo esto con mucha delicadeza. No hay grandes reproches entre Dusty y Ruby. No hay grandes escenas de lágrimas, gritos y cuentas pendientes. Hay incomodidad, distancia, cansancio, el afecto residual de dos personas que se han querido y se han decepcionado, y una niña que obliga a dos adultos a seguir encontrándose aunque su historia sentimental haya terminado. La película entiende muy bien que la familia no siempre es una estructura clara y cerrada. Muchas veces es un conjunto de acuerdos, recuerdos, visitas, silencios y responsabilidades compartidas. El hogar no siempre coincide con la casa. Una casa puede arder. Un hogar, si hay suerte y voluntad, puede desplazarse, reconstruirse y aparecer donde no estaba previsto.

También es un acierto que la película no tire hacia el romanticismo ni hacia la tensión sexual con Mali, otra mujer del campamento interpretada por Kali Reis. En otra película, esa relación habría sido utilizada como vía rápida hacia la redención sentimental de Dusty: una mujer también herida, dos soledades que se encuentran, la promesa de empezar de nuevo a través del amor. Rebuilding evita ese camino, y hace bien. Mali no está ahí para salvar a Dusty ni para sustituir lo que ha perdido. Su presencia sirve para ampliar el mundo de la película, para recordar que el dolor de Dusty no es excepcional, que a su alrededor hay otras vidas suspendidas, otras pérdidas, otras formas de seguir adelante. Lo mismo ocurre con el resto de habitantes del campamento de caravanas. Ninguno está utilizado como simple nota de color ni como subrayado social. Cada relación, cada conversación y cada gesto van construyendo el poso emocional de la historia. El campamento empieza pareciendo un lugar de paso, una derrota administrativa, y poco a poco se convierte en una comunidad improvisada. No una solución ideal, no una postal de resiliencia, sino algo más modesto y más verdadero: gente que se acompaña mientras intenta averiguar qué hacer con lo que queda.
A Dusty le da vida Josh O’Connor, un acierto de casting absoluto. Dusty podría haber sido un personaje demasiado cerrado, demasiado monocorde, pero O’Connor le da una fragilidad física y moral que sostiene toda la película. Tiene algo de hombre vencido que todavía no sabe que ha sido vencido. Su cuerpo parece seguir obedeciendo a una identidad antigua, la del ranchero resistente, mientras su mirada empieza a aceptar otra realidad. Es una actuación muy medida, sin exhibicionismo. La película está llena de momentos en los que Dusty no sabe qué decir, y O’Connor convierte esa incapacidad en lenguaje. Su Dusty funciona porque no necesita explicar demasiado. Su manera de estar transmite vergüenza, duelo y terquedad. O’Connor ya había trabajado esa masculinidad rural vulnerable en God’s Own Country, pero aquí la herida no es sexual ni romántica, sino material, familiar y emocional. La película depende muchísimo de su capacidad para expresar sin verbalizar.
Es un acierto que la película tenga ese aroma a western para hablar de una masculinidad que se deconstruye. No un western típico, claro. Más bien uno que bebe de Chloé Zhao –Nomadland o The Rider– y de Kelly Reichardt, por la escala menor, la atención a los gestos, la forma de vaciar el Oeste de grandilocuencia y quedarse con sus ruinas morales, económicas y afectivas. Aunque Walker-Silverman tiene una sensibilidad menos lírica que la de Zhao y menos seca que la de Reichardt. Una mirada propia, en cualquier caso.

Rebuilding es una película contenida que no busca atrapar al espectador con un villano reconocible o una sucesión de tragedias. Pone enseguida las cartas sobre la mesa y no se regodea en la miseria. No es ese tipo de cine que dice constantemente dónde está el drama, quién tiene razón, quién está equivocado y cuándo toca emocionarse. Rebuilding trabaja en otra frecuencia. Su aparente levedad le permite llegar a lugares donde una película más subrayada no podría entrar. No necesita explicar a sus personajes porque confía en observarlos. No necesita fabricar más conflictos porque sabe que a veces el conflicto real consiste, simplemente, en levantarse cada mañana cuando todo lo que sostenía tu vida ha desaparecido.
Eso es importante porque, de esta manera, Walker-Silverman no humilla a sus personajes. No los usa para fabricar miseria pintoresca ni para sacar lágrimas fáciles. En Rebuilding hay una decisión clara: no convertir el dolor ajeno en espectáculo. La película no es ingenua. Sabe perfectamente que el mundo arde, que la ayuda institucional es insuficiente, que la precariedad no tiene nada de poético y que perder una casa puede significar perder una vida entera. Lo que no acepta es que la única respuesta adulta ante eso sea el nihilismo. La bondad de la película es una posición moral. Mirar a los personajes con compasión no es rebajar el drama. A veces es la única forma decente de acercarse a él.
Algo parecido ocurre con el cambio climático. La película no necesita nombrarlo para que quede claro. Está en el humo, en la tierra quemada, en la repetición de los incendios, en la fragilidad del paisaje, en esa sensación de que la catástrofe ya no pertenece al futuro, sino al presente. Podría haber un discurso explícito, claro. Podría haber un personaje explicando lo que todos sabemos. Pero Walker-Silverman prefiere que el cambio climático no sea un tema verbalizado, sino una condición de existencia. No es un debate que los personajes tengan en una mesa. Es el aire que respiran. O el aire que ya no pueden respirar.

La fotografía de Alfonso Herrera Salcedo entiende muy bien esa tensión. Colorado aparece como un espacio de belleza y amenaza, de amplitud y desamparo. No hay postal, aunque haya imágenes hermosas. El paisaje no está para decorar el sufrimiento de los personajes, sino para recordar que toda vida depende de un suelo que puede desaparecer. Los planos abiertos no engrandecen a Dusty; más bien lo empequeñecen. Lo sitúan en un mundo demasiado grande, demasiado dañado, demasiado incierto. Y, sin embargo, la película encuentra ahí una belleza extraña, una belleza que no niega la devastación, sino que convive con ella.
La música de Jake Xerxes Fussell y James Elkington transita esa misma línea. Rebuilding tiene algo de canción folk: sencilla, melancólica, sin adornos innecesarios, construida sobre repeticiones, silencios y pequeñas variaciones. El montaje de Jane Rizzo y Ramzi Bashour acompaña esa melodía y deja que las escenas respiren, que los sentimientos se posen y se asienten.
Rebuilding entiende que hoy el cowboy no puede ser el héroe autosuficiente que avanza hacia el horizonte. Ese mito ya no sirve. El nuevo cowboy es un hombre que necesita ayuda pública, que vive en una caravana, que no sabe cómo hablar con su hija y que debe aprender a formar parte de una comunidad. Esa es la auténtica reconstrucción.
