‘Chicas tristes’: Aprender a acompañar

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Crítica de Chicas tristes, de Fernanda Tovar

Una de las cosas más interesantes que, a mi juicio, puede tener una película -cualquier representación artística, en realidad- es la autenticidad. Me gusta sentir que la persona que está detrás del proyecto tenía la necesidad de contar eso, de hacerme partícipe de lo que estaba sintiendo. Exactamente eso es lo que sentí viendo Chicas tristes, el debut en la dirección de largometrajes de Fernanda Tovar.

Una película sobre dos adolescentes, Paula y La Maestra, que ríen, sueñan, bailan, hacen deporte en un club de natación, fantasean con chicos y empiezan a descubrir el sexo. Dos chicas adolescentes de lo más normal, vamos. También es tristemente normal que una de ellas, Paula, sea víctima de un abuso sexual en una fiesta por parte de Daniel, un compañero del club de natación. Después de eso, las dos ya no pueden reír de la misma manera. Son las dos chicas tristes del título. Su amistad también se desincroniza: Paula quiere callar, conservar su vida y decidir cuándo y cómo hablar; La Maestra quiere actuar, enfrentarse al agresor y obtener alguna forma de justicia.

El planteamiento de Fernanda Tovar es interesante porque se mueve en un terreno de dudas y de grises. No sobre la violación -nunca se cuestiona el relato de Paula-, sino sobre qué hacer después, cómo afrontarlo y en qué momento los intentos de ayuda de La Maestra terminan convirtiéndose en una nueva decisión impuesta sobre Paula, que vuelve así a perder el control sobre su propia vida.

Acierta Fernanda Tovar al mostrar la dureza de una agresión que no tiene nada de excepcional ni adopta una forma especialmente aparatosa. De hecho, a Paula le gusta Daniel y ha coqueteado previamente con él. Es un chico corriente que da la sensación de no ser consciente de haber hecho algo malo. Eso es realmente aterrador y terriblemente cotidiano. No hace falta forzar las situaciones, exagerar los hechos o buscar los peores casos posibles para encontrar el dolor y reflejar el peligroso mundo en el que vivimos, sobre todo si eres una chica adolescente. Volvemos al párrafo anterior: no me extraña que Fernanda Tovar necesitara contarnos esto, hacernos partícipes de esa sensación que comparten tantas adolescentes y mujeres.

La directora cita como referencias a Sofia Coppola, Lucrecia Martel, Céline Sciamma -especialmente Water Lilies-, Andrea Arnold y Never Rarely Sometimes Always, de Eliza Hittman. Un ramillete muy selecto de influencias que, salvando las distancias, es cierto que podemos encontrar en Chicas tristes. La manera de mostrar los rituales de la adolescencia femenina -el maquillaje, la música, el aburrimiento, las ensoñaciones y la creación de un mundo privado dentro del mundo adulto- tiene cierto eco de Las vírgenes suicidas, de Coppola. El microcosmos acuático, la cercanía de los cuerpos, la competición y el descubrimiento del deseo beben claramente de Water Lilies. La energía corporal, la fisicidad de los espacios o la actuación puramente instintiva e impulsiva de unas adolescentes que todavía están buscando la manera de expresar por qué actúan como actúan también pueden encontrarse en el cine de Andrea Arnold. Del mismo modo, aunque de una manera más difusa, esa amenaza infiltrada en lo cotidiano o la sensación de que los cuerpos perciben las cosas antes de que la mente sea capaz de ordenarlas pueden evocar a Lucrecia Martel.

Uno de los puntos más brillantes de la película es el de las interpretaciones. La química entre Darana Álvarez y Rocío Guzmán es estupenda. Dos estilos muy diferentes que se complementan para formar un relato más amplio: Álvarez trabaja desde el repliegue y la opacidad; Guzmán, desde la energía, la rabia y la impulsividad. La forma de trabajar con ellas, con mucha preparación e improvisación previa, buscando momentos de verdad y permitiéndoles comprender y construir sus personajes mientras el propio guion se iba afinando con sus aportaciones, ha dado un resultado impecable. Seguramente sea el mayor acierto de la película.

Y eso que Chicas tristes está llena de buenas ideas. El uso de ChatGPT para llegar a la definición de violación entronca el relato directamente con el presente y contrapone la precisión fría de la máquina con la torpeza, pero también con la calidez, del acompañamiento humano. El relato de los hechos, de la pérdida de control, mientras las dos están bailando y tratando de seguir una coreografía, es un gesto poderoso. También lo es el uso de los reflejos, que primero muestran sincronía y similitud y después devuelven imágenes fragmentadas y deformadas. O la conversación con la entrenadora, que muestra el fracaso institucional y la facilidad con la que se sanciona una violencia visible frente a la incomodidad y la cautela con que se responde a otra más grave, pero invisible.

Son muchos detalles que convierten a Fernanda Tovar en una cineasta a seguir. Aunque también hay cierta tendencia a ensimismarse en los simbolismos, una música que en algunos momentos subraya en exceso las emociones y cierta reiteración de algunos conceptos. Tampoco hay que olvidar que Chicas tristes es su primer largometraje. Un debut que nos deja con ganas de más y eso es lo importante.

Chicas Tristes

Media Flipesci:
7
Título original:
Director:
Fernanda Tovar
Actores:
Rocío Guzmán, Darana Álvarez, Tatsumi Milori, Tomás García Agraz, Mónica del Carmen