‘Siempre soy tu animal materno’: Una familia demasiado conocida

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Crítica de Siempre soy tu animal materno, de Valentina Maurel

Cuatro años después de ganar el Premio Horizontes con Tengo sueños eléctricos, Valentina Maurel regresa a Horizontes Latinos con su segundo largometraje, Siempre soy tu animal materno, después de presentarlo en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, donde sus tres protagonistas femeninas recibieron conjuntamente el premio a la mejor interpretación.

En aquella visita al Zinemaldia en 2022, nuestro compañero Carlos terminó su comentario sobre Tengo sueños eléctricos diciendo que era «»una película de aprendizaje como tantas que vemos al cabo del año, pero que consigue encontrar nuevos caminos y planteamientos». Esta frase sirve también para explicar qué ha cambiado entre aquella película y esta. Maurel continúa interesada en las familias disfuncionales, las hijas desorientadas y unos padres empeñados en prolongar su juventud, pero esta vez los caminos que recorre resultan mucho más conocidos.

De hecho, Siempre soy tu animal materno funciona casi como una continuación apócrifa de Tengo sueños eléctricos. Daniela Marín Navarro y Reinaldo Amién vuelven a interpretar a una hija y a su padre, aunque no sean formalmente los mismos personajes. Elsa puede verse como una versión adulta de Eva: aquella adolescente que se debatía entre la fascinación por su padre y el descubrimiento de su violencia se ha convertido en una mujer que vive en Europa, presume de independencia y regresa a Costa Rica convencida de haber superado el mundo del que procede. Tampoco parece casual el origen de los títulos. Tengo sueños eléctricos procedía de un verso de César Maurel, padre de la directora; Siempre soy tu animal materno, de un poema de su madre, Ana Istarú. Si la primera película orbitaba alrededor de la figura paterna, esta desplaza su centro hacia la madre.

Elsa regresa a San José tras varios años en Bélgica, dejando atrás a su pareja y una vida que creía estable. Allí se reencuentra con su hermana Amalia, que vive sola, ha abandonado la universidad y se ha sumergido en un mundo de creencias esotéricas y teorías conspirativas. Mientras tanto, su padre mantiene relaciones con mujeres más jóvenes y su madre, Isabel, intenta retomar su carrera literaria y liberarse del rol exclusivo de madre.

Ante la inacción de sus padres, Elsa asume el cuidado de Amalia y adopta un papel materno no solicitado, lo que la película plantea como una reflexión sobre la maternidad como rol flexible y no instintivo. Sin embargo, Elsa tampoco es tan estable como cree: su mirada distante hacia su familia y su propia inseguridad emocional la llevan a intentar “salvar” a su hermana desde una posición que mezcla afecto, control y cierta arrogancia.

Maurel acierta al mantener la ambigüedad alrededor de Amalia. No sabemos si sufre algún trastorno mental, si atraviesa una crisis espiritual o si ambas cosas forman parte de un mismo proceso. Tampoco se burla de sus creencias. En una de las mejores escenas, Amalia asegura poder transmitir a una mujer un mensaje de una persona fallecida. Lo que su madre y su hermana interpretan como una imprudencia termina proporcionando consuelo. Quizá no sea tan importante determinar si Amalia habla realmente con los muertos como reconocer que su particular sensibilidad también puede servir para acompañar a alguien.

Sin embargo, esa ambigüedad estimulante acaba convirtiéndose también en indefinición. Maurel plantea numerosos conflictos -la posible enfermedad de Amalia, el desarraigo de Elsa, la carrera literaria interrumpida de Isabel o la ausencia del padre-, pero apenas profundiza en sus consecuencias. La estructura fragmentaria y el constante movimiento de los personajes transmiten su desorientación, aunque también provocan que la película avance sin demasiada dirección.

Formalmente, la directora mantiene algunos rasgos de su anterior trabajo, pero ahora hay menos esa cámara nerviosa y cercana de Tengo sueños eléctricos, que transmitía de forma casi física la confusión de Eva y su relación con su padre, y más de una puesta en escena menos ligada a los personajes y más cercana a una gramática ya reconocible del cine de festivales, a base de zooms, encuadres cerrados y textura analógica. Algo similar ocurre con los símbolos, desde la casa en ruinas y las tuberías atascadas hasta las facturas acumuladas o el grafiti de «puta» que reaparece constantemente, elementos que subrayan de forma demasiado evidente el deterioro familiar, la incomunicación y el juicio sobre la sexualidad femenina, ideas pertinentes pero reiteradas hasta perder parte de su fuerza.

Las interpretaciones sostienen el conjunto. Marina de Tavira evita convertir a Isabel en una madre monstruosa y consigue que comprendamos su frustración incluso en sus momentos más egoístas. Mariangel Villegas, en su primer trabajo como actriz, dota a Amalia de una mezcla inquietante de fragilidad, convicción y desamparo. Y Daniela Marín Navarro vuelve a demostrar su capacidad para expresar la confusión de un personaje que intenta parecer mucho más seguro de lo que realmente está.

Siempre soy tu animal materno es una película correcta, sensible con sus personajes y capaz de formular preguntas interesantes sobre la maternidad, el cuidado y la dificultad de regresar a un lugar al que ya no se pertenece. Pero entre Tengo sueños eléctricos y esta segunda película, Maurel parece haber perdido parte de la personalidad que hacía que una historia conocida encontrara nuevas formas de ser contada. Todo funciona razonablemente bien, aunque pocas cosas sorprenden o permanecen. El resultado se observa con interés, pero también con la persistente sensación de haberlo visto antes.

Siempre soy tu animal materno

Media Flipesci:
6
Título original:
Director:
Valentina Maurel
Actores:
Daniela Marín Navarro, Marina de Tavira, Mariangel Villegas, Reinaldo Amien Gutiérrez