Un bon petit soldat. Humanos como recursos

8

Reseña de Un bon petit soldat de Stéphane Brizé

Después del paréntesis que supuso Fuera de temporada en 2023, Stéphane Brizé regresa con Un bon petit soldat al territorio laboral que ha proporcionado algunas de sus mejores películas. En La ley del mercado (2015), En guerra (2018) y Un nuevo mundo (2021), las tres protagonizadas por Vincent Lindon, el cineasta francés había lanzado una mirada lúcida y certera, alejada de clichés y simplificaciones, sobre la cada vez más complicada relación entre las empresas y sus trabajadores. Pero si en aquellas películas afloraba fundamentalmente la rabia ante las injusticias del sistema, ahora Brizé opta por una mirada mucho más cáustica. Un bon petit soldat provoca risas y hasta carcajadas, aunque lo verdaderamente inquietante es que buena parte de aquello que muestra apenas necesita ser exagerado para conseguirlas.

Carla Moretti (Alba Rohrwacher) tiene 43 años, está separada, es madre de un niño y acaba de incorporarse como responsable de Recursos Humanos de una importante compañía francesa de seguros. Es una ejecutiva de éxito, absolutamente entregada a su profesión. Su misión consiste en conseguir el bienestar de los trabajadores sin poner en peligro los objetivos de rendimiento marcados por la empresa. Dos propósitos que la retórica corporativa insiste en presentar como perfectamente compatibles hasta que la realidad demuestra que no siempre lo son.

Brizé deja claras sus intenciones desde el arranque. Mientras los títulos de crédito avanzan aceleradamente al ritmo de la versión rockera, guitarrera y frenética que Joey Ramone hizo de What a Wonderful World, Carla se desplaza en metro hacia las oficinas de La Défense durante la hora punta. No es una elección musical gratuita. Más adelante escucharemos la versión clásica de Louis Armstrong durante un «taller de la felicidad» organizado por la empresa. Como si incluso para disfrutar de ese mundo maravilloso del que habla la canción existieran dos velocidades. La sociedad contemporánea parece habernos privado del tiempo y el sosiego necesarios para contemplarlo y obliga a Carla a recorrerlo al ritmo acelerado de Joey Ramone.

Un bon petit soldat podría recordar en algunos momentos a The Office sin bustos parlantes. También aquí existe una cámara registrando lo que ocurre dentro de una oficina y muchas situaciones resultan extraordinariamente cómicas. Pero Brizé no necesita recurrir a la caricatura ni construir personajes abiertamente paródicos. Buena parte de las carcajadas proceden precisamente del reconocimiento. Nos reímos porque hemos escuchado esas frases, participado en reuniones parecidas o conocemos a alguien que podría haberlo hecho.

Naturalmente aparecen los anglicismos —win-win incluido—, las frases motivacionales grandilocuentes («Toda crisis esconde una oportunidad». «Yo no les llamo recursos humanos, les llamo riqueza humana»), la obligación de «salir de la zona de confort» y las inevitables apelaciones a la resiliencia. A ello se suman evaluaciones de desempeño personales, informes de rendimiento y costosos talleres encargados a consultoras externas que someten a los empleados a dinámicas ridículas destinadas supuestamente a mejorar su bienestar.

Mientras tanto, las jefaturas tóxicas continúan en sus puestos porque proporcionan buenos resultados. Los discursos aseguran que los trabajadores y los clientes están por encima de cualquier otra consideración cuando todos saben que, llegado el momento decisivo, quienes realmente importan son los accionistas. La comunicación empresarial construye así una realidad paralela mediante palabras cuidadosamente seleccionadas que permiten evitar aquello que resultaría mucho más sencillo: escuchar directamente a una persona y preocuparse honestamente por ella. Porque si la empresa se dedicara a eso quizá no sería tan necesario realizar vídeos de reputación corporativa como el del arranque de la película tan políticamente correcto, inclusivo, integrador y buenista que su acumulación de buenas intenciones termina produciendo el efecto contrario.

Brizé muestra cómo las empresas ignoran sistemáticamente las señales de sufrimiento de sus trabajadores y, cuando finalmente resultan imposibles de ocultar, responden mediante procedimientos destinados tantas veces a proteger a la propia compañía como a solucionar el problema. La gestión de reputación, de los recursos humanos, los departamentos de comunicación, los protocolos y los cursos de bienestar se convierten en una gigantesca escenografía destinada a demostrar que existe preocupación por las personas aunque las decisiones empresariales indiquen exactamente lo contrario.

En esta ocasión, Vincent Lindon abandona el protagonismo para interpretar un personaje secundario pero fundamental y absolutamente robaescenas: el CEO de la compañía. A su alrededor se reúne un comité de dirección cuyos integrantes parecen haber olvidado que su función podría incluir debatir las opiniones del máximo responsable. Nadie se atreve a contradecirle. La verticalidad del poder queda así perfectamente definida sin necesidad de grandes discursos.

El protagonismo corresponde a una magnífica Alba Rohrwacher, aunque a estas alturas encontrarla magnífica haya dejado de ser noticia. Carla no es simplemente una víctima del sistema. Es también uno de sus engranajes. Se encuentra atrapada en una estructura cuya violencia no percibe completamente y a la que, sin embargo, se entrega con un celo extraordinario. Quiere hacer bien su trabajo, cumplir los objetivos y resolver los problemas, pero termina utilizando los mismos mecanismos que contribuyen a generarlos.

Y esa lógica acaba invadiendo también su vida privada. Carla intenta dedicar a su hijo el tiempo y la atención que necesita, pero el trabajo ocupa cada vez más espacio. A Carla solo la vemos en el entorno laboral y la relación con su familia solo se establece mediante dispositivos electrónicos. Pero en cada conversación con su hijo dice que lo ama. Debe pedir al padre del hijo que se ocupe de él más allá de su turno de custodia compartida ya que ella tiene una semana demasiado cargada de trabajo o solo puede ayudarle a hacer los deberes mediante una vídeollamada ya que ella debe seguir trabajando físicamente en la oficina.

Y cuando está con él reproduce en cierta medida los mecanismos del mundo laboral. Le exige buenas notas y le presiona para que se prepare adecuadamente porque sabe que algún día tendrá que enfrentarse a un mercado de trabajo cada vez más competitivo y depredador. Intenta protegerlo de ese futuro preparándolo para sobrevivir en él, sin advertir hasta qué punto está trasladando a su relación maternal la misma lógica que gobierna su empresa.

Brizé refuerza visualmente esa idea mediante las repetidas transiciones en las que filma los enormes edificios de cristal que dominan La Défense. Podríamos encontrarnos en cualquier planta, detrás de cualquiera de aquellas ventanas. Lo que sucede en la compañía de Carla no constituye una anomalía, sino algo que podría estar ocurriendo simultáneamente en cualquiera de esas grandes corporaciones.

También la música de Bertrand Blessing contribuye decisivamente a marcar el ritmo. En la primera parte predomina una percusión enérgica y martilleante que parece marcar el paso de Carla y recuerda incluso a la forma en la que se imponía el ritmo a los remeros de una galera. Hay que avanzar, producir, cumplir objetivos, continuar remando. Conforme la situación de la protagonista se vuelve más amarga, los violines comienzan a ganar presencia y la sátira deja progresivamente espacio a una dimensión más dolorosa.

Porque detrás de todas las carcajadas permanece una violencia muy real. Brizé puede haber cambiado la indignación frontal de En guerra por el humor corrosivo, pero su mirada hacia el mundo empresarial no se ha vuelto más complaciente. Al contrario.

Las grandes compañías cuentan con departamentos de Recursos Humanos, han incorporado talleres de felicidad, protocolos de bienestar, consultores, evaluaciones y un vocabulario completo destinado a demostrar que las personas constituyen su principal riqueza. Brizé se limita a preguntar qué queda de todas esas palabras cuando entran en conflicto con los resultados económicos. Un bon petit soldat es una comedia muy divertida hasta que uno se da cuenta de que se está riendo de situaciones que conoce demasiado bien. Y ahí es donde la risa empieza a resultar bastante menos cómoda.

Un bon petit soldat

Media Flipesci:
8
Título original:
Director:
Stéphane Brizé
Actores:
Alba Rohrwacher, Vincent Lindon, Sharif Andoura, David Talbot