Reseña de NAZA, de Yuval Abraham y Rachel Szor
Hace dos años, el colectivo formado por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor y los palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal consiguió el Oscar al mejor largometraje documental con No Other Land. Durante años, Adra había filmado la destrucción de las aldeas de Masafer Yatta, en Cisjordania, y la expulsión de sus habitantes por parte del ejército israelí. Cámara en mano registraba las demoliciones, las protestas y la resistencia cotidiana de una comunidad amenazada con desaparecer. Allí conoció al periodista israelí Yuval Abraham y entre ambos surgió una amistad inevitablemente atravesada por la desigual realidad que separaba sus respectivas vidas. De aquel encuentro nació No Other Land.
En NAZA, dirigida esta vez únicamente por Abraham y Szor, el enfoque cambia radicalmente. La atención se desplaza de Cisjordania a Gaza y de las consecuencias visibles de la ocupación a los mecanismos internos utilizados por los servicios de inteligencia israelíes para seleccionar los objetivos que posteriormente bombardearía el ejército. Si en No Other Land predominaba una aproximación subjetiva y emocional, NAZA adopta fundamentalmente una perspectiva periodística. El impacto, sin embargo, continúa siendo desolador.
El propio título resulta fundamental. NAZA es el término utilizado para referirse a los denominados daños colaterales: el número de víctimas civiles, fundamentalmente mujeres y niños, que se considera que pueden morir durante un ataque contra un determinado objetivo. Porque a la hora de cometer atrocidades el lenguaje importa. No produce el mismo efecto decir que una operación puede asesinar a 35 civiles inocentes que establecer que tiene un NAZA de 35. Las personas desaparecen y en su lugar queda una cifra dentro de un procedimiento.
Ahí se encuentra el centro de la película. NAZA no se ocupa tanto de mostrarnos nuevamente las consecuencias de los bombardeos como de explicar el sistema que los hace posibles. Abraham y Szor construyen su investigación a partir de los testimonios de una veintena de oficiales de inteligencia y soldados israelíes que participaron de una u otra manera en ese mecanismo. Mediante sus relatos, acompañados por esquemas y bocetos deliberadamente sencillos, van reconstruyendo las pautas, los criterios y los procedimientos utilizados para seleccionar los objetivos y determinar qué coste en vidas civiles podía considerarse asumible.

Y precisamente esa sistematización resulta una de las dimensiones más espeluznantes de NAZA. Los crímenes que describe la película no aparecen como el resultado de unos soldados que pierden el control o deciden tomarse la justicia por su mano. Lo verdaderamente aterrador es descubrir una estructura, una cadena de decisiones y un método establecido desde arriba que permite convertir la muerte de civiles en una variable más dentro de una operación militar. Una sistemática brutal puesta al servicio de unos objetivos igualmente brutales.
La puesta en escena elegida por Abraham y Szor refuerza poderosamente esa idea. Las conversaciones fueron filmadas de noche en azoteas de Tel Aviv. Los entrevistados aparecen con el rostro oculto y la voz distorsionada para impedir su identificación. A su alrededor domina la oscuridad, interrumpida por las luces procedentes de las ventanas de los edificios. En muchos de esos apartamentos se distinguen televisores encendidos cuyos informativos continúan transmitiendo la versión oficial israelí de los acontecimientos.
Se produce así una poderosa contradicción visual. Dentro de las casas iluminadas se cuenta públicamente una versión de la guerra; en la oscuridad de los tejados, quienes han participado en sus mecanismos explican aquello que permanece fuera de ese relato. La noche se convierte simultáneamente en el espacio de lo siniestro y en un refugio. La oscuridad sirve para ocultarse, pero precisamente porque permite esconderse ofrece también la posibilidad de hablar, confiar y dejar que aparezca una honestidad que sería mucho más difícil a plena luz.
Abraham y Szor comprenden además que no todo lo importante se encuentra en aquello que sus interlocutores cuentan. También están las pausas, las vacilaciones y los silencios. El documental periodístico puede proporcionar datos, fuentes y revelaciones; el cine permite permanecer ante una persona después de que haya terminado una frase y observar qué ocurre entonces. NAZA se interesa tanto por la información como por el peso moral que adquiere cuando procede de alguien que formó parte del sistema descrito.
Los testimonios permiten igualmente escuchar las justificaciones que esas personas utilizaron para aceptar su participación. Las coartadas, la obediencia, la confianza en la información recibida, la necesidad de cumplir una determinada función dentro de una estructura mucho mayor o la capacidad de convencerse de que la responsabilidad última corresponde siempre a alguien situado un escalón más arriba. Y también aparecen posteriormente las consecuencias de haber formado parte de ese engranaje.

La película formula así una pregunta que resulta especialmente dolorosa viniendo de dos cineastas israelíes. Abraham y Szor se interrogan sobre cómo un grupo humano puede aceptar la deshumanización absoluta de otro y cómo se construyen los mecanismos que permiten hacerlo. Son preguntas que durante toda la segunda mitad del siglo XX los judíos dirigieron insistentemente hacia la sociedad alemana: qué sabía la gente, qué podía saber, qué decidió no saber, cómo se obedecieron determinadas órdenes y de qué manera una maquinaria de destrucción pudo convertirse en parte de la normalidad. NAZA obliga ahora a dirigir esas preguntas hacia la propia sociedad israelí.
No se trata de establecer equivalencias históricas fáciles, sino de interrogarse sobre los mecanismos universales de la deshumanización. Para matar sistemáticamente resulta mucho más sencillo dejar de pensar en personas. Convertirlas en categorías, objetivos, probabilidades y finalmente números. El lenguaje burocrático proporciona la distancia necesaria. NAZA es precisamente eso: una palabra que permite borrar momentáneamente aquello que representa.
Parte de las revelaciones recogidas por Abraham y Szor ya habían aparecido en las investigaciones periodísticas realizadas junto a The Guardian, +972 Magazine y Local Call. Pero la película no pretende limitarse a ilustrar esas informaciones. El cine proporciona algo diferente: rostros aunque deban permanecer ocultos, voces aunque tengan que ser distorsionadas, tiempos muertos, silencios y contradicciones. Permite observar no solo cómo funcionaba el sistema, sino también a algunas de las personas que contribuyeron a hacerlo funcionar.
Y probablemente ahí resida lo más aterrador de NAZA. No descubrimos un caos, sino un orden. No la ausencia de reglas, sino la existencia de reglas destinadas a decidir cuántos inocentes se asumía que podían morir. No una violencia descontrolada, sino una violencia organizada, medida y convertida en procedimiento. Cuando una mujer, un niño o una familia entera dejan de ser personas y pasan a convertirse en una cifra, el lenguaje ya ha realizado una parte fundamental del trabajo. NAZA devuelve a esas cifras, primero de forma indirecta y al final de manera explícita, aquello que el sistema necesitaba quitarles para poder funcionar: su significado humano.



