El deshielo: Lo de arriba y lo de abajo

6.5

Reseña de El deshielo, de Manuela Martelli

De los icebergs vemos la punta. Una montaña de hielo que asoma sobre el agua y que, por grande que nos parezca, es una pequeña parte de lo que hay debajo. El grueso está sumergido, oculto a nuestros ojos, y es precisamente esa parte que no vemos la que mantiene a flote todo lo demás. Tiene su gracia que, cuando hablamos de un iceberg, casi siempre estemos pensando en lo poco que vemos de él.

Pues bien, en 1992 Chile se llevó un iceberg a la Expo de Sevilla. El país acababa de recuperar la democracia y quería enseñar al mundo lo moderno, próspero y estupendo que era después de la salida del despreciable Pinochet del Gobierno. Una transición ejemplar, un país abierto a los negocios, un lugar donde invertir con tranquilidad. Pinochet seguía al frente del Ejército y buena parte de lo que había construido durante la dictadura continuaba en su sitio; pero esas cosas quedaban debajo del agua. Manuela Martelli recupera en El deshielo las imágenes de aquel iceberg, de aquella punta que Chile había elegido para presentarse ante el mundo. Y lo hacía en España, otro país que andaba vendiendo su propia transición modélica mientras procuraba no remover demasiado los pecados que la mantenían a flote. En eso nos entendíamos bastante bien.

También hay un iceberg social. Para que nuestro sistema funcione, alguien trabaja en “las sombras”. Martelli utiliza el hotel de montaña en el que transcurre la película como ejemplo. Para que ese hotel de montaña funcione alguien tiene que hacer las camas, limpiar las habitaciones, cocinar, cortar leña… Una cantidad de trabajo que sus huéspedes apenas ven y en la que probablemente tampoco piensan demasiado. Martelli nos lleva a esas cocinas, a las habitaciones del personal, a los lugares donde se sostiene el lujo de los demás. Y, curiosamente, quienes trabajan ahí son de origen indígena, en tierras indígenas, mientras los propietarios pertenecen a esa burguesía chilena de origen europeo que ahora hace negocios con otros europeos. Hay unos españoles interesados en comprar el hotel. Las tierras cambian de manos, el dinero cambia de manos, pero los que hacen las camas siguen haciendo las camas.

En ese mundo se mueve Inés, una niña de nueve años que pertenece a la familia propietaria del hotel, aunque se encuentra más cómoda entre las trabajadoras que entre los suyos. Va de un lado a otro, se mete por los pasillos, escucha y mira. En el hotel se aloja un equipo de jóvenes esquiadores alemanes que están entrenando, y entre ellos está Hanna, la única chica, que despierta el interés de sus compañeros y de los primos de Inés mientras mantiene una extraña relación con su entrenador. Inés también está fascinada por ella. Quiere acercarse, conocerla, formar parte de ese mundo que empieza a intuir y que todavía le queda bastante lejos. Pero Hanna desaparece en unas circunstancias extrañas y la curiosidad de Inés se convierte en algo mucho más incómodo. Va a descubrir que los adultos mienten. Y que, además, esperan que ella también lo haga.

A partir de ahí la película se va llenando de preguntas, aunque Martelli tiene mucho cuidado con las respuestas. Sabemos lo que Inés puede saber, vemos lo que alcanza a ver y escuchamos conversaciones de las que nos faltan partes. La niña percibe que algo va mal, pero no tiene las herramientas para entenderlo todo. Nosotros podemos poner nombre a algunas cosas que ella todavía no sabe nombrar; tampoco tenemos toda la información. Es un mecanismo que recuerda al de El espíritu de la colmena, donde la mirada infantil permite acercarse a un mundo adulto lleno de miedos y silencios sin necesidad de que alguien venga a explicarnos la historia del país.

La interpretación de Maya O’Rourke sostiene todo esto con una naturalidad extraordinaria. En su manera de mirar hay curiosidad, necesidad de cariño y un desconcierto que va creciendo según avanza la película. Se acerca a los demás buscando compañía y acaba encontrándose con secretos que nadie debería haber puesto en sus manos. Tiene nueve años. A veces conviene recordarlo, porque los adultos que la rodean parecen olvidarse de ello cuando les interesa.

La fotografía de Benjamín Echazarreta trabaja muy bien esa dificultad para ver y entender. Hay cristales, espejos, reflejos, ventanas empañadas… La imagen de Inés aparece una y otra vez entre superficies que dejan mirar, pero que también ocultan o deforman lo que hay al otro lado. Y fuera está la enorme cordillera, con sus bosques y su nieve, un paisaje que en otras circunstancias podría ser idílico y que aquí resulta cada vez más opresivo. El frío exterior se cuela en el hotel, en los pasillos y en las relaciones entre los personajes. La música de Mariá Portugal, con esas cuerdas ásperas y discordantes que van ganando intensidad, contribuye bastante a que no terminemos de encontrarnos a gusto en ningún sitio.

Lo que empieza como una historia de descubrimientos infantiles va adquiriendo las formas de un thriller, con una interesante gestión de lo que vamos sabiendo y lo que seguimos sin saber. Eso sí, quien espere una investigación que coloque al final todas las piezas en su sitio puede salir frustrado. Resulta coherente con el espíritu de la película que queden cosas sin resolver, porque precisamente de eso va la película: de secretos, de silencios, de esperar a que el tiempo tape las heridas. De ese Chile que presume de haber pasado página pero que sigue funcionando con mecanismos bastante conocidos: nadie sabe nada, quienes saben algo prefieren callarse, la familia protege sus intereses y las instituciones no parecen tener demasiada prisa por averiguar lo ocurrido. No hace falta sacar a un militar a dar órdenes para que se note lo que ha quedado de la dictadura.

La nieve tiene mucho que ver con esa forma de esconder las cosas. Embellece el paisaje, lo cubre todo de blanco, borra las huellas. También puede tapar un cuerpo. Por eso la posibilidad de que Hanna aparezca cuando llegue el deshielo tiene una resonancia bastante dolorosa en un país que sigue buscando a sus desaparecidos. Aquello que queda oculto continúa ahí, por mucho que deje de verse. La imagen es sencilla, pero efectiva..

El deshielo funciona especialmente bien cuando se queda cerca de Inés, de sus sensaciones y de todo lo que empieza a comprender sin que nadie se lo explique. Es una película de atmósfera, de detalles y de una incomodidad que va creciendo poco a poco. Queda la posibilidad de que esa niña recuerde lo que ha visto y, cuando sea mayor, decida contarlo. Que no acepte como normal lo que los adultos se empeñan en normalizar. A fin de cuentas, para enseñar la punta del iceberg ya había una Expo entera.

Alguien debería hacer una película así en España.

El deshielo

Media Flipesci:
6.7
Título original:
Director:
Manuela Martelli
Actores:
Saskia Rosendahl, Jakub Gierszał, Paulina Urrutia, Mauricio Pesutic, Roberto Farías