7.5

Reseña de HAMALAU GAU de Oskar Alegria Suescun

Antes de Hamalau gau / Catorce noches, las tres películas dirigidas por Oskar Alegria podían entenderse como una suerte de trilogía alrededor de la memoria, la búsqueda y la desaparición. En La casa Emak Bakia (2012) buscaba la casa donde Man Ray había rodado Emak Bakia; en Zumiriki (2019), la isla de su infancia desaparecida bajo las aguas; y en Zinzindurrunkarratz (2023), reconstruía con una vieja cámara de Super-8 una ruta de trashumancia realizada décadas atrás por su abuelo. Tres búsquedas en las que el camino, el azar y los pequeños descubrimientos terminaban resultando tan importantes como aquello que inicialmente se pretendía encontrar.

En Hamalau gau, estrenada mundialmente en la competición de Zabaltegi-Tabakalera del Zinemaldi, Alegria desplaza por primera vez el centro de atención desde sus propios recuerdos y su familia hacia otra figura: Jorge Oteiza. Pero sería extraño que un cineasta como él abordara al escultor de Orio mediante una biografía convencional o un catálogo de su obra. Lo que le interesa es su personalidad, su manera de trabajar, de pensar, de respirar y, sobre todo, de entender el arte.

«En esta película se hará de noche 14 veces. Las iremos contando». Así comienza un viaje noctámbulo y musical articulado a través de catorce historias surgidas de episodios, lugares y anécdotas relacionados con la vida y la obra de Oteiza. Desde el santuario de Arantzazu, con sus torres espinadas, el gran retablo, las vidrieras y por supuesto, la Piedad y los polémicos catorce apóstoles del escultor, hasta su casa-museo de Alzuza. Por el camino aparecen Acteón, su frustrada aventura cinematográfica, Nueva York, el ratón de Getaria, las Dos Hermanas de Irurtzun, los montes de Orbaitzeta, Ziburu, ez dok amairu, las propias gafas o las manos del artista. Elementos aparentemente inconexos que Alegria va relacionando hasta construir un peculiar puzle oteiziano.

El dispositivo que cohesiona el conjunto es tan sencillo como brillante. Alegria se encierra durante una noche en la basílica de Arantzazu con el pianista Iñar Sastre y le describe unas imágenes que este nunca verá para que las imagine y responda a ellas desde el órgano del santuario. Se establece así un juego metacinematográfico entre aquello que el espectador contempla, aquello que Alegria cuenta y aquello que Sastre imagina y convierte en música.

De ese juego surgen catorce lunas y catorce misterios que terminan formando un mismo friso. Catorce, naturalmente, como los apóstoles que Oteiza colocó en la fachada de Arantzazu frente a los doce de la tradición cristiana y cuyo número justificaba a su manera: catorce porque no cabían más. Alegria hace suya la ocurrencia para explicar por qué su película contiene exactamente catorce noches.

Por ellas transitan también entre otros Bernardo Atxaga, el escultor y fotógrafo Ricardo Ugarte, la coreógrafa Bertha Bermúdez, la poeta Julia Otxoa o el músico Iban Urizar ‘Amorante’, no tanto como expertos convocados para explicar a Oteiza sino como participantes en ese universo de asociaciones, recuerdos y misterios.

Cine-ensayo, cine-reflexión, cine a contracorriente. Alegria vuelve a demostrar que otro cine es posible y lo hace además desde una sorprendente sencillez, sin rastro de esnobismo pese a la complejidad de las ideas que maneja. Hamalau gau no pretende resolver el misterio de Oteiza, sino acercarse a él mediante el juego, la imaginación y la asociación libre. En lugar de explicarnos quién fue, Alegria intenta algo mucho más estimulante: mirar el mundo durante catorce noches como quizá lo habría mirado él.

Hamalau Gau

Media Flipesci:
7
Título original:
Director:
Oskar Alegria
Actores: