Reseña de El precio de la red, de Aaron Sorkin
En capítulos anteriores…
Aaron Sorkin es un muy buen guionista, sin duda. Además, tiene algo difícil de lograr: una firma tan inconfundible que funciona casi como un subgénero cinematográfico en sí mismo. Sus diálogos frenéticos, con un ritmo casi musical, son capaces de transformar conceptos áridos en apasionantes y comprensibles batallas dialécticas. Es cierto que también tiene vicios evidentes: a veces peca de didáctico e incluso de condescendiente, y da la sensación de que sus personajes son todos álter egos de sí mismo -o de cómo se ve a sí mismo-: gente con una increíble agudeza mental, mucho sarcasmo y un repertorio de réplicas inteligentes, de esas que en la vida real se te ocurren dos o tres horas después de la discusión. Está claro que Sorkin busca una visión hiperestilizada de la realidad, con el ritmo de una screwball comedy y el discurso profético y enfurecido de Network. Construye la tensión durante minutos para liberarla en un discurso grandilocuente, profundamente satisfactorio y teñido de superioridad moral.
Los guiones de Sorkin se apoyan tanto en la palabra y pueden ser tan teatrales que hace falta un director con visión para que los excesos de la escritura no se conviertan en un problema. Thomas Schlamme se apoyó en el walk and talk de El ala oeste de la Casa Blanca: hacía andar a sus personajes por los pasillos para dar dinamismo visual a sus largos y frenéticos diálogos. En La red social, la frialdad y el rigor de David Fincher aportaron un cinismo que frenaba el habitual idealismo de Sorkin, a la vez que la despojaban de teatralidad. Bennett Miller, en Moneyball, inyectó melancolía, calma y silencios para equilibrar su inagotable verborrea. Danny Boyle logró dinamitar la estructura puramente teatral de Steve Jobs mediante una puesta en escena frenética y un inteligente uso de los formatos visuales. De un modo mucho más clásico, Rob Reiner supo utilizar la planificación de los encuadres para potenciar la tensión de la palabra y culminar magistralmente el clímax de Algunos hombres buenos.

El problema es que Aaron Sorkin también se ha puesto a dirigir. Si como escritor podríamos pasarnos un buen rato hablando de sus virtudes, características, tropos e influencias, porque tiene un estilo propio, marcado y muy autoral, como director es, por encima de todo, el guardaespaldas de su propio texto. Su gramática visual está diseñada casi en exclusiva para proteger y potenciar la palabra hablada. Es un director funcional, con muy poca capacidad para construir subtexto mediante las imágenes. Apenas hay nada que se muestre que no se explique también verbalmente. Si un personaje siente algo o un tema es importante, se dice. La iluminación, el color, la profundidad de campo o el diseño de producción rara vez sugieren emociones ocultas o dobles lecturas. Es una dirección sin entrelíneas. Su punto fuerte, quizá por sus orígenes teatrales, es el trabajo con los actores. Además, les da personajes carismáticos y unas cuantas líneas brillantes, así que tienen vía libre para lucirse.
Pues bien, llevamos tres párrafos y todavía no hemos empezado a hablar de El precio de la red. Todo esto podría haberlo escrito antes de ver la película y, realmente, poco más puedo aportar después de verla.
Regreso a Facebook
La película nace de los hechos que dieron lugar a The Facebook Files, la investigación publicada por The Wall Street Journal en 2021 a partir de los documentos internos que filtró Frances Haugen. Ingeniera de Facebook, Haugen descubrió que la empresa conocía los daños que provocaban sus productos y que las medidas para frenarlos solían encontrar un obstáculo bastante difícil de superar: podían hacer que la gente pasara menos tiempo dentro. Su colaboración con el periodista Jeff Horwitz sirve de eje a esta especie de continuación de La red social, aunque aquí Mark Zuckerberg pasa a ocupar una posición secundaria. Ya conocemos al hombre que creó Facebook; ahora toca seguir a quienes intentan explicar en qué se ha convertido.

El precio de la red es una película clásica de investigación periodística, con sus fuentes reticentes, sus encuentros discretos, sus redactores insistentes y sus superiores pidiendo pruebas antes de publicar. Sorkin sabe manejar estos materiales y tiene una habilidad indudable para ordenar información compleja sin que perdamos el hilo. También utiliza la ignorancia tecnológica del periodista para que Frances le explique cuestiones que, de paso, nos explica a nosotros. El recurso funciona, aunque a veces hay que hacer un esfuerzo para creer que un profesional encargado de investigar Facebook necesite tantas clases particulares sobre internet.
Combates dialécticos
La investigación avanza en paralelo a la preparación de Zuckerberg para una comparecencia ante el Congreso. Y ahí Sorkin juega en casa porque, en el fondo, es un dramaturgo judicial: sus grandes escenas suelen organizarse como un interrogatorio o un debate en el que alguien va acorralando a otro mediante preguntas hasta arrancarle una condesión o hasta dejarle sin una respuesta que pueda defender. El mecanismo está en los tribunales de Algunos hombres buenos y El juicio de los 7 de Chicago, pero también en las salas de juntas, las reuniones de trabajo y los enfrentamientos entre un periodista y su fuente. Aquí, los ensayos de la comparecencia permiten convertir un despacho en un tribunal sin necesidad de cambiar los muebles. Las preguntas tienen filo, las respuestas revelan contradicciones y las réplicas llegan con esa precisión tan satisfactoria que solo existe en los guiones de Sorkin.
Son, además, las escenas que más benefician a Jeremy Strong. Interpretar a Mark Zuckerberg tiene una dificultad peculiar: el personaje real ya parece un meme de sí mismo. Su rigidez, sus pausas y esa manera de hablar de las relaciones humanas como si estuviera explicando las prestaciones de una impresora hacen muy fácil caer en la imitación cómica. Strong reproduce esa extrañeza, pero consigue encontrar algo detrás. Sobre todo en un par de duelos verbales con el personaje de Bill Burr, cuando la conversación le obliga a defender sus decisiones y deja ver la suficiencia de alguien acostumbrado a que su criterio cierre cualquier discusión. Ahí tiene espacio para interpretar bajo la caricatura, para que percibamos a un hombre convencido de que entiende el mundo mejor que quienes sufren sus decisiones.

También están muy bien los dos protagonistas. Mikey Madison resulta creíble como una mujer sobrepasada por lo que está descubriendo y por la responsabilidad de decidir qué hacer con ello. Consigue que convivan la competencia profesional y la inseguridad personal, la convicción de tener razón y el miedo a las consecuencias. Jeremy Allen White borda ese punto de tío brillante y atolondrado, capaz de perseguir una historia con una tenacidad admirable mientras parece que ha salido de casa con la camisa mal abotonada y sin llaves. Y ambos tienen suficiente vis cómica para que funcionen las pullas, las discusiones y los chistes.
Sorkin no es un buen director
Hay mucha información, pero Sorkin sabe dosificarla, introducir una réplica divertida cuando hace falta y dejar una pregunta pendiente para que queramos escuchar la siguiente conversación. La película no tiene problemas de ritmo. Sus problemas aparecen cuando esa agilidad verbal necesita una tensión que la puesta en escena apenas construye. La cámara registra a quienes hablan y el montaje administra sus intervenciones, pero rara vez hay una idea visual que añada algo al intercambio. Si es necesario, entra la música de Alexandre Desplat para aportar urgencia, inquietud o trascendencia para que la música haga lo que Sorkin no sabe hacer con las imágenes. Sabemos que lo que está pasando es grave porque nos lo están contando y porque la música insiste en que lo es.
También hay demasiadas facilidades en la manera de llevar el problema hasta Frances. Cada vez que sale a cenar o se sienta cerca de otras personas parece encontrar una nueva demostración de los efectos nocivos de las redes sociales. Las conversaciones que escucha por casualidad van ilustrando los distintos apartados de la denuncia con una puntualidad admirable. La de la familia afectada por el acoso en Instagram es especialmente evidente: convierte un daño colectivo en una experiencia cercana, sí, pero se nota demasiado la mano del guionista colocando a esas personas en la mesa de al lado. Es un recurso que puede funcionar una vez; pero cuando se repite, da la impresión de que hay una red de restaurantes de la ciudad que están colaborando en la investigación.

De lo que no hay duda es que, detrás de su indignación sigue estando el Sorkin romántico de las instituciones -no creo que sea casual que se cite a Capra-. La Casa Blanca, el periodismo, la justicia o el teatro son lugares cuyo valor depende de que unas cuantas personas se empeñen en hacer bien su trabajo frente a los intereses políticos o corporativos de turno. Sus héroes luchan por conservar una pureza que quizá solo haya existido en sus discursos, pero en la que necesitan creer. Aquí llega a extender esa fe a una red social. Frances cree en la promesa de Facebook, en su capacidad para conectar a las personas, y quiere que la empresa esté a la altura de ella. Es una buena contradicción para construir un personaje: denunciar el funcionamiento de algo precisamente porque todavía se cree en su utilidad.
Esa fe también explica un final demasiado maniqueo. La conexión de Facebook con el asalto a La Casa Blanca es demasiado simplista y reduce un problema enorme a una discusión en la que basta con formular las preguntas adecuadas para que quede claro quién tiene razón. Sorkin confía tanto en la fuerza de un buen alegato que a veces parece dar por hecho que dejar a alguien sin palabras equivale a quitarle el poder. Las cosas son un poco más complejas.
El precio de la red
- Título original:
- The Social Reckoning
- Director:
- Aaron Sorkin
- Actores:
- Mikey Madison, Jeremy Allen White, Jeremy Strong, Bill Burr, Wunmi Mosaku
- Fecha de estreno:
- 09/10/2026



