‘Las disculpas de Vicentina’: El duelo llama a la puerta

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Reseña de Las disculpas de Vicentina, de Gabriel Martins

Las disculpas de Vicentina comienza arrojando un autobús desde un viaducto. Antes hemos visto a sus pasajeros, gente que iba a trabajar o a ocuparse de sus cosas en una mañana cualquiera de Belo Horizonte. Después llega el desvío, la caída y un accidente en el que mueren casi todos, incluido Wesley, el conductor. La secuencia tiene una contundencia física que podría anunciar una película de catástrofes o una investigación. Gabriel Martins no tarda demasiado en dejar claro que no le interesa ninguna de las dos.

Las grabaciones despiertan la sospecha de que Wesley pudo provocar deliberadamente el accidente. No hay una avería capaz de explicarlo y algunos de sus movimientos parecen extraños. Vicentina (Rejane Faria), su madre, queda así atrapada entre dos dolores: acaba de perder a su hijo y ese hijo puede ser responsable de la muerte de decenas de personas. Tiene 75 años, es profesora jubilada y camina con dificultad, pero decide recorrer la ciudad para visitar a las familias de las víctimas y pedirles disculpas.

El planteamiento abre unas cuantas preguntas interesantes. ¿Tiene una madre que responder por lo que hizo un hijo adulto? ¿Puede pedir perdón en su nombre? ¿Están obligadas las familias a escucharla? ¿Busca aliviar su dolor o compartir el de los demás? El título no promete que vaya a ser perdonada. Ni siquiera afirma que sea culpable. Solo nos dice que Vicentina pide disculpas.

Pronto queda claro que nunca sabremos por qué cayó el autobús. Y tampoco importa demasiado. La película ofrece algunos datos sobre la amistad de Wesley, su afición por la música y esa parte de su vida que su madre desconocía, pero no los presenta como piezas de un rompecabezas. No hay una respuesta escondida al final. Las disculpas de Vicentina no trata de descubrir quién era culpable, sino de observar qué hace cada persona con una culpa que quizá no pertenece a nadie de los que siguen vivos.

El recorrido de Vicentina permite a Martins construir un mosaico de Belo Horizonte y de las distintas maneras de enfrentarse al duelo. Hay quien necesita descargar su rabia contra ella, quien se niega a recibirla, quien quiere escucharla y quien descubre que ambas han perdido a alguien. Las casas, los barrios y las distancias introducen también distintas situaciones sociales. No todo el mundo dispone del mismo tiempo, del mismo espacio ni de los mismos recursos para llorar. Mientras tanto, la televisión continúa entrando en casa de Vicentina para ofrecer una versión pública de Wesley que ella apenas reconoce.

La ciudad tiene peso. Vicentina espera autobuses, sube cuestas y atraviesa calles apoyada en una muleta. Su dolor no es solo una idea: obliga a un cuerpo cansado a desplazarse de una punta a otra de Belo Horizonte. El ruido del tráfico, los teléfonos, los timbres y los televisores rodea a una mujer que apenas habla. Martins encuentra buenos recursos para convertir el recorrido en una especie de penitencia física.

Y todo eso lo sostiene Rejane Faria. La actriz está extraordinaria y sostiene buena parte de la película desde la respiración, la postura y una manera fatigada de ocupar el espacio. La cámara puede permanecer sobre su rostro porque siempre hay algo moviéndose debajo, incluso cuando Vicentina parece haberse quedado completamente quieta. Faria no busca una gran escena para explicar todo su dolor. Le basta con esperar delante de una puerta o reunir fuerzas antes de dar otro paso.

El problema es que, por muchas diferencias que existan entre las familias, las visitas terminan repitiendo la misma fórmula. Vicentina se desplaza, llama a una puerta, pide disculpas, recibe una respuesta y se marcha. Después vuelve a desplazarse, llama a otra puerta, pide disculpas, recibe otra respuesta y se marcha de nuevo. Cada reacción es distinta, pero la función dramática de las escenas apenas cambia.

Tampoco aparece un conflicto real que haga avanzar el relato. Los personajes entran para representar una actitud ante el duelo, la culpa o el perdón y desaparecen en cuanto han expuesto su postura. Son la rabia, la compasión, el rechazo o la desigualdad social, pero rara vez llegan a ser algo más. La película abre puertas que podrían conducir a historias muy interesantes y las cierra demasiado pronto. Sus personajes terminan siendo tesis con una casa alrededor.

Con 148 minutos y un ritmo deliberadamente moroso, esa estructura acaba desgastando el interés. La lentitud puede ayudarnos a sentir el esfuerzo de Vicentina y el carácter ritual de su recorrido, pero la repetición no produce una acumulación equivalente. Las visitas se suceden sin modificar demasiado al personaje ni nuestra percepción de la tragedia. Lo que al principio parece paciencia termina pareciendo estancamiento.

Más que tijera, a la película le habría venido bien elegir. Quitar algunas familias y quedarse más tiempo con otras. Permitir que una respuesta continuara después de abandonar la casa, que alguno de esos personajes reapareciera o que una relación obligase a Vicentina a cuestionar su viaje. Acortar cada escena habría reducido la duración, pero no habría resuelto el problema. Había que sacrificar parte del mosaico para que algunas de sus figuras dejaran de ser arquetipos.

La película no necesitaba explicarnos por qué cayó el autobús. Necesitaba que alguna de sus consecuencias permaneciera cuando Vicentina volvía a cerrar una puerta.

Las disculpas de Vicentina

Media Flipesci:
6
Título original:
Vicentina pede desculpas
Director:
Gabriel Martins
Actores:
Rejane Faria, Maíra Azevedo, Thalma de Freitas, Grace Passô, Giovanna Heliodoro