LA DERIVA: GRITAR DESDE LA CALMA

UNA PELÍCULA TRANSGRESORA QUE CAMINA DESPACIO, PERO MUY DESPACIO

Siempre he concebido la transgresión como un golpe en la mesa, como un grito. Bien porque nace de un impulso a menudo rabioso, bien por el escándalo que provoca, el ruido y la furia suelen ir de la mano de los que pretenden expandir la libertad, y a la historia me remito: Buñuel, los hermanos Marx, John Waters y Almodóvar, entre otros, gritaron en forma de películas estupendas y con ello lograron que cine se ensanchase en fondo y forma, cambiando a su vez, por qué no, el mundo. 

De esto va La deriva, el último trabajo de Tsai Ming-liang: de gritar. Presentado en Venecia y en la sección Zabaltegi del Zinemaldi, en su metraje se sublima la transgresión, tanto que resultará escandalosa —puede que insultante— para algunos de los que se atrevan con ella. Porque hablamos de una película que golpea, de esas que te revuelven y te obligan a apartar la mirada; porque, a ver si alguien puede contradecirme, no hay nada que hoy día sea más exasperante que ver a una persona caminar despacio, pero muy despacio, en el frenesí de una ciudad del siglo XXI. 

LA SERIE EL CAMINANTE

Y es que estamos ante una obra gritona, sí, y mucho, pero que, inusitadamente, grita en silencio, desde la calma. Rodada en San Sebastián y su comarca, La deriva forma parte de la serie El caminante, un proyecto que Tsai Ming-liang lleva años desarrollando en diferentes lugares del mundo. En distintos formatos y metrajes, la serie presenta a un monje, siempre interpretado por Lee Kang-sheng, caminando despacio, pero muy despacio, por las ciudades elegidas, que acaban siendo coprotagonistas de cada entrega.

Como en el resto de la serie, en La deriva no se apuesta por un andamiaje fílmico tradicional: en ella no hay narración ni personajes, y las imágenes, tremendamente pausadas, se limitan a mostrar al monje caminando y a personas en actitudes contemplativas, lo cual contrasta con la «vida real», mucho más acelerada. La cuestión es decidir dónde se sitúa la disonancia, si en el monje -y la película-, que avanza despacio, pero muy despacio, o en el mundo -y el cine-, que avanza deprisa, pero muy deprisa. A cada cual le toca elegir entre las dos posibilidades; a cada cual, como ocurre siempre con la transgresión, le corresponde exasperarse o disfrutar.

LA FORMA Y EL FONDO

Al contrario de lo que uno puede imaginar, La deriva no es una colección de postales en movimiento de San Sebastián. Las contiene, sí -véanse las de Chillida Leku, la Concha y el Peine del Viento-, y muy bellas, pero son innecesarias, incluso inconvenientes, por distraer del propósito de la película. Porque esto no va de crear imágenes reconocibles que provoquen el deleite del espectador -sobre todo del local- sino de hacerle reflexionar, de mostrarle que el verdadero gozo está en lo pequeño y lo cotidiano, y que la pausa, lo queramos o no, suele ser mejor acompañante que el vértigo. 

Dicho esto, y como no podía ser de otro modo, San Sebastián termina siendo un hermoso escenario en el que estructurar el discurso de La deriva. Tsai Ming-liang demuestra su talento para la composición de los planos y los crea con virtud, jugando con ángulos, luces y espejos, y los acompaña, además, de un excelente sonido, a la altura de sus anteriores trabajos como director. Hay momentos soberbios, como la apertura de la puerta de un caserío desde dentro para mostrar al monje a lo lejos, como un outsider -¿homenaje a Centauros del desierto?-, o el de una chica fumando y el posterior de un túnel, que, realzados con el No volveré de Chavela Vargas, provocan una profunda emoción y dejan huella. 

Pero, a pesar de sus virtudes, estamos ante un filme que será desquiciante para muchos, porque, y no exagero, afirmar que La deriva requiere paciencia es quedarse muy corto. No ayudan su metraje, excesivo para una propuesta de este tipo, ni su elevado nivel de abstracción, que pueden hacerla impenetrable. Es por ello que quede por debajo de, por ejemplo, Sin forma, la primera pieza de la serie El caminante, de tan solo 20 minutos y con una estructura y un montaje que facilitan su visionado frente a La deriva, virtuosa en algunos sentidos, pero también agotadora. Porque estamos ante una película que salta continuamente sobre el alambre, y durante su proyección tuve la sensación de que, a pesar de mi esfuerzo por mantenerla sobre él, a veces se cae.

GRITAR PARA CAMBIAR EL MUNDO

Sería simplista definir La deriva como una obra espiritual que invita a vivir con más calma. Además de su refinamiento formal, que resulta imponente por momentos, el montaje asociativo que propone Tsai Ming-liang y el carácter sugerente de sus imágenes confieren a esta cinta un cariz poético y reflexivo poco habitual en el cine de hoy día. Porque es excesiva, sí, y pretenciosa, pero uno puede encontrar en ella múltiples elementos con los que conectar, y consigue ser tan valiente y transgresora que, al menos desde mi visión, sus virtudes terminan pesando más que sus defectos.

Y es que si La deriva te toca, te toca. Todo su potencial se magnifica si, como es mi caso, se llega a ella con la sensación de que el mundo -y uno mismo- gira cada vez más desbocado y de que resulta imprescindible reducir la marcha si no queremos ser engullidos por la vorágine del presente. Es entonces cuando uno se da cuenta de que Tsai Ming-liang está gritando desde este filme para, quizás, intentar cambiar el mundo; es entonces cuando uno siente que algo se mueve en su interior y que, por qué no, puede haber un antes y un después con La deriva, y que la nueva etapa comienza con un propósito: aprender a caminar, no como el monje, pero sí más despacio. Y qué más se le puede pedir a una película…