La poca honestidad del Zinemaldia

Si es una serie, preséntalo como una serie.

Cuando el Zinemaldia anunció que Mis muertos tristes, de Pablo Larraín, participaría en la Sección Oficial, la presentó como una «serie que en el Festival será presentada en su formato de largometraje». Es verdad que la palabra serie estaba ahí. También lo es que la segunda parte de la frase daba a entender que veríamos otro montaje: una versión cinematográfica construida a partir del material de la serie y concebida para funcionar como una película.

No era una interpretación especialmente retorcida. Cuando se habla de una serie presentada «en formato de largometraje», uno espera que alguien haya seleccionado, eliminado, reordenado y vuelto a montar el material para crear una obra distinta. Eso es lo que diferencia una película de cuatro capítulos proyectados uno detrás de otro. El formato no es el tiempo que pasamos sentados en la butaca.

Ahora sabemos que ese montaje cinematográfico no existe. Larraín lo ha explicado con bastante claridad: el contenido de la serie y el de la película es el mismo. Lo único que hicieron fue agrupar los capítulos. Se retiraron algunos créditos intermedios y se conservaron unos fundidos a negro que permiten reconocer sin demasiada dificultad dónde termina cada episodio y dónde va la entradilla de cada capítulo. No estamos ante una serie transformada en película. Estamos ante una serie proyectada de una vez.

Por eso creo que el Festival sí ocultó la naturaleza de lo que iba a competir. No lo hizo negando que fuese una serie, sino mediante una fórmula calculadamente ambigua que inducía a pensar que existían dos versiones diferentes. «Serie en formato largometraje» sonaba a una adaptación del montaje. En realidad, solo describía la duración de la sesión.

La propia proyección terminó de despejar cualquier duda. Después del logotipo de Netflix apareció un cartel que decía Una serie de Netflix. No una película producida por Netflix ni una versión cinematográfica de una serie. Una serie. En la ficha de la Sección Oficial, en cambio, esa palabra había desaparecido. Allí figuraba como una obra de 187 minutos que optaba a los mismos premios que los demás largometrajes.

Tampoco ayuda escuchar a Larraín hablar de «la serie o la película, como quiera denominarlo». La denominación no puede depender del gusto de cada uno cuando hay una competición y unas reglas. Podemos discutir durante horas sobre los límites entre el cine y la televisión, pero el Festival tiene la obligación de saber qué está admitiendo y bajo qué categoría. Si da igual llamarlo serie o película, entonces las normas también dan igual.

Las reglas están para algo

El reglamento de la Sección Oficial establece que pueden participar largometrajes de más de sesenta minutos. No habla de obras audiovisuales de cualquier naturaleza ni de temporadas televisivas proyectadas de manera consecutiva. Habla de largometrajes. Una serie no se convierte en uno por superar el mínimo de duración, del mismo modo que cuatro cortometrajes seguidos no forman automáticamente una película.

El Festival se hace trampas al solitario: primero decide que quiere incluir la serie en la competición y después la llama largometraje porque necesita que lo sea para cumplir su propio reglamento. La argumentación es circular. Puede competir porque es una película y sabemos que es una película porque el Festival ha decidido que compita.

Cuando quieren, lo dicen

La diferencia se ve todavía mejor al consultar el resto de la programación. En esta misma edición, El castillo aparece como una «serie completa (seis capítulos)», con 309 minutos de duración y fuera de concurso. También Más allá de la sociedad ha sido presentada expresamente como serie. El Festival sabe distinguir una serie de una película cuando quiere hacerlo. Con Mis muertos tristes ha decidido alterar esa distinción para abrirle la puerta de la competición.

Los precedentes tampoco justifican la decisión. Misterios de Lisboa, de Raúl Ruiz, tuvo una versión cinematográfica de más de cuatro horas y otra televisiva de seis episodios y 333 minutos. Eran montajes distintos, con duraciones y estructuras diferentes. Cuando la película compitió en San Sebastián en 2010, existía una versión creada para funcionar como largometraje.

Algo parecido sucedió con Sai: Disaster. La serie original tenía seis episodios de unos cincuenta minutos, mientras que la película presentada en la Sección Oficial de 2025 duraba 128. Había un verdadero trabajo de selección y reconstrucción. Se podía discutir si el resultado funcionaba, pero existía una película distinta de la serie.

Aquí no ha ocurrido nada de eso. No es una interpretación mía ni una sospecha nacida al observar los fundidos. Lo ha explicado el propio director: el contenido es el mismo y se han agrupado los capítulos. La supuesta versión cinematográfica consiste en proyectarlos seguidos. El comentario de Rebordinos diciendo «ha hecho algunos fundidos a negro entre los capítulos para darle otro sentido más cinematográfico» creo que es impropio y poco serio viniendo de alguien que sabe tanto de cine como él.

Esta parte de la discusión no depende de que Mis muertos tristes sea buena o mala. Tampoco de que nos guste Pablo Larraín o de que consideremos que algunas series poseen una enorme calidad. Trata sobre la honestidad con la que una institución presenta las obras que selecciona y aplica sus propias reglas. El Zinemaldia ha permitido que una serie compita en una categoría reservada a largometrajes y ha utilizado una expresión ambigua para aparentar que no estaba haciendo exactamente eso.