6.5

Reseña de ESTA SOLEDAD de Javier Giner

Antes de dar el salto al largometraje, Javier Giner había convertido su propia experiencia en materia de ficción en Yo, adicto (2024), serie creada junto a Aitor Gabilondo a partir de su libro autobiográfico. A lo largo de seis episodios reconstruía el momento en que decidió ingresar voluntariamente en un centro de desintoxicación después de años de dependencia del alcohol, las drogas y el sexo. Interpretado con enorme intensidad por Oriol Pla, aquel trasunto del propio Giner permitía abordar la adicción no tanto desde la caída o el consumo como desde lo que venía después: reconocer el problema, aceptar la ayuda y reconstruir una identidad que había utilizado los excesos como forma de huida. Había crudeza y humor, pero sobre todo una mirada humanista hacia unos personajes obligados a enfrentarse a la culpa, la vergüenza, la necesidad de afecto y la dificultad para pedir ayuda.

Para su debut en la dirección de largometrajes, Esta soledad, estrenada mundialmente en la sección New Directors del Zinemaldia, el director de Barakaldo abandona el registro autobiográfico, aunque conserva algunas de las preocupaciones de aquella serie. Regresan las complicadas relaciones familiares, la dificultad para expresar los sentimientos —el cariño y el amor especialmente—, el arranque de una nueva etapa de la vida tras tocar fondo y también Oriol Pla, magnífico nuevamente como Leo, en un papel que además le obliga a interpretar parte de sus diálogos en un casi perfecto euskera. Pla consigue transmitir el dolor y la desesperación de un personaje al que todo parece derrumbársele alrededor, pero también su determinación, sus ganas de luchar y de seguir adelante incluso cuando apenas encuentra motivos para hacerlo. El propio Giner firma el guion junto a Luisa Matienzo.

Esta soledad comienza con una separación y, de alguna manera, también separándose ella misma en dos. Leo y Lorea (Marina Salas) se han querido durante cinco años, quizá todavía se quieren, pero su relación ha terminado. Tras una representación teatral, Giner muestra a Leo destrozado en el camerino junto a sus amigos, mientras Lorea guarda en una maleta los objetos, prendas y recuerdos que él todavía conserva en la casa que compartieron. A partir de ahí la película sigue en paralelo sus respectivas existencias, atendiendo tanto a aquello que todavía tienen en común como a los diferentes caminos que emprenden.

Los dos comparten, sobre todo, una profunda precariedad. Y no únicamente económica. Leo es actor, aunque trabaja a desgana en un supermercado; Lorea ha publicado un libro, pero se gana la vida como camarera. La inestabilidad laboral se extiende a sus relaciones sentimentales y familiares y termina convirtiéndose en una forma de estar en el mundo.

A Leo le toca afrontar la muerte inminente de su padre mientras inicia la búsqueda de una madre con la que perdió el contacto hace años. Lorea visita a sus padres, representantes de cierta burguesía bilbaína que continúan viviendo bajo el mismo techo aunque en realidad estén separados tras los problemas jurídicos de su madre interpretada por Itziar Lazkano en plan robaescenas , mientras se agarra como a un clavo ardiendo a la amistad con una presidiaria a la que ha conocido durante una visita a la cárcel para presentar su libro. Parejas rotas, familias desestructuradas, trabajos insatisfactorios y amistades convertidas en improvisados salvavidas emocionales. Dos personajes a la búsqueda de nuevos vínculos, de nuevas seguridades a partir de la cuales construir sus nuevas vidas.

El problema es que Giner acumula estas situaciones sin introducir apenas contrapuntos. Ninguna relación de pareja funciona, ningún personaje parece satisfecho con su existencia y prácticamente no existe nada en el film capaz de romper esa sensación de abatimiento. Esa uniformidad termina contagiándose a la propia película. Los paisajes urbanos del Gran Bilbao son grises —aquí no hay Guggenheims ni toneladas de titanio reluciendo al sol—, la luz es apagada y el tono dramático permanece deliberadamente monocorde, apenas interrumpido por alguna leve incursión humorística. A Esta soledad le falta así cierta graduación dramática que permita que algunos momentos adquieran mayor fuerza frente a otros.

Pero Giner posee una virtud importante: quiere a sus personajes. Por dura que sea la historia, evita los efectismos, el sensacionalismo y cualquier mirada morbosa sobre sus desgracias. Prefiere observar la cotidianidad de quienes comprueban cómo las estructuras sobre las que habían construido su identidad —la pareja, la familia, el trabajo o las expectativas de futuro— van desapareciendo y, pese a ello, continúan adelante. Son personas confusas, contradictorias y agotadas que todavía intentan relacionarse y cuidar de los demás con los escasos recursos emocionales de los que disponen.

Por eso Esta soledad acaba siendo menos una película sobre estar solo que sobre aprender qué hacer cuando aquello que nos protegía de la soledad deja de existir. Y en ese retrato de relaciones sentimentales enfrentadas a su propio fracaso aparece además un siempre bienvenido homenaje a Función de noche, la magnífica película de Josefina Molina protagonizada por Lola Herrera: un referente especialmente pertinente para una película que también intenta convertir la intimidad, las heridas afectivas y aquello que somos incapaces de decirnos en materia cinematográfica.

Esta soledad

Media Flipesci:
6.8
Título original:
Director:
Javier Giner
Actores:
Ainhoa Artetxe, Omar Ayuso, Kai Etxaniz
Fecha de estreno:
30/10/2026