Reseña de LEJOS DE LOS ÁRBOLES de Meritxell Colell Aparicio
Después de Con el viento y Dúo, Meritxell Colell Aparicio abandona al personaje de Mónica que las protagonizaba, pero continúa en Lejos de los árboles con un cine interesado en los desplazamientos, los desarraigos, la memoria y los vínculos que mantenemos con los lugares de los que procedemos. Su tercer largometraje de ficción comenzó a tomar forma en Ikusmira Berriak y posteriormente fue seleccionado para la competición principal del Festival de Locarno, donde obtuvo el premio FIPRESCI de la crítica internacional, antes de llegar ahora a la sección Zabaltegi-Tabakalera del Zinemaldia.
Al principio podemos pensar que Adela, su protagonista, es antropóloga. Viaja por Perú acompañada por Lucho, que ejerce de guía y traductor, y registra en una vieja grabadora de casete las voces de personas que hablan lenguas en peligro de desaparición. Hay una lógica familiar detrás de ese empeño: su abuelo, republicano catalán exiliado en México, fue antropólogo y dedicó buena parte de su vida a documentar y preservar las lenguas indígenas mexicanas. Pero Adela no es antropóloga. Es una artista sonora mexicana que vive en Viena y guarda esas voces sin que la película llegue a explicar exactamente qué pretende hacer con ellas.
Con una trama reducida prácticamente a su mínima expresión, la película de Colell es ante todo una obra para sentir, para dejarse llevar por las imágenes, los sonidos y las conexiones entre presente y pasado. Una película-collage, un poema visual y sonoro en el que la ficción convive con los recuerdos de infancia de Adela recreados en Super 16 mm y con fotografías pertenecientes a un pasado real. La música de Angélica Castelló, que interpreta además a la protagonista como una suerte de alter ego, el diseño sonoro de Verónica Font y las imágenes de Julián Elizalde (Suro, La Maternal) contribuyen decisivamente a construir esa experiencia sensorial, mientras el montaje de la propia Colell junto a Ana Pfaff, montadora habitual de Carla Simón, establece asociaciones que obedecen más a la memoria y a las emociones que a una lógica narrativa convencional.

Lejos de los árboles es también una road movie sin un rumbo demasiado preciso. Adela se desplaza desde la selva, donde guarecida entre los árboles parece encontrar cierta seguridad, hasta unos Andes que aparecen como los confines del mundo. Colell lo expresa mediante imágenes poderosas: la fantasmagórica secuencia en la que el diálogo se centra en una comunidad no contactada que habita al otro lado del río o los planos cenitales del vehículo ascendiendo por una carretera llena de curvas hacia lugares donde hasta la cobertura del teléfono móvil comienza a desaparecer. Pocas imágenes resultan hoy más eficaces para representar la sensación de encontrarse en los márgenes de un mundo permanentemente conectado.
Pero, como ocurre en toda road movie, el desplazamiento geográfico es también interior. El viaje conduce a Adela hacia su memoria, su identidad y una historia familiar marcada por sucesivos desarraigos. Sus abuelos tuvieron que abandonar Cataluña y exiliarse en México como consecuencia de la Guerra Civil; ella, décadas después, ha elegido vivir en Viena, lejos de México y también de la lengua de su infancia. El catalán de sus abuelos pervive en su memoria, entre otras cosas, a través de aquellas cintas con canciones de Lluís Llach que escuchaba de pequeña.
Es ahí donde aparece uno de los grandes temas de la película: el legado. ¿Qué dejamos detrás de nosotros? Objetos, fotografías, recuerdos, grabaciones, palabras y lenguas que quizá ya no hablará nadie. El catalán transmitido por sus abuelos terminará previsiblemente con Adela, del mismo modo que Lucho aprendió quechua para poder comunicarse con los suyos, pero sus hijos ya no parecen interesados en aprenderlo. La grabadora de casete adquiere entonces otra dimensión: registrar una voz significa conservar, aunque sea precariamente, algo condenado a desaparecer.
Mientras Adela registra esas lenguas, Colell realiza un gesto paralelo con las imágenes. Su cámara observa las costumbres, los rituales, las formas de vestir y las relaciones de las comunidades que encuentra por el camino, incorporando al componente lingüístico otro antropológico y etnográfico. Escuchar y filmar terminan siendo dos maneras de combatir el olvido.

La paradoja es que mientras intenta conservar las huellas de vidas ajenas, Adela parece descuidar las más próximas. Durante el viaje encuentra una especie de nueva familia en sus compañeros, como muestra la celebración de su cumpleaños, mientras permanecen lejos su abuela de casi cien años y Paula (Teresita Sánchez, a la que también podemos ver en este Zinemaldia en Moscas y en Seis meses en el edificio rosa y azul), la mujer que ahora la cuida y que también cuidó de ella durante su infancia, situada en ese territorio ambiguo entre el vínculo afectivo y la relación laboral y con las que se pone en contacto a duras penas a través de medios tecnológicos.
Con José Luis López Cama en el papel de Lucho acompañando a Castelló, Lejos de los árboles evita convertir ese recorrido en un proceso convencional de aprendizaje. Colell no concede a Adela una catarsis ni una cómoda redención. Prefiere dejar preguntas, sonidos, imágenes y recuerdos suspendidos. El resultado es un fascinante y absorbente viaje sensorial y sentimental sobre nuestra necesidad de conservar, mediante una voz, una fotografía o una película, alguna huella de lo que inevitablemente está destinado a desaparecer.
Lejos de los árboles
- Título original:
- Director:
- Meritxell Colell Aparicio
- Actores:
- Angélica Castelló, Jose Luis López Cama, Teresa Sánchez, Caterina Ramirez Guallar, Ángel Santos
- Fecha de estreno:
- 11/12/2026



