THE APARTMENT, Jack Lemmon, 1960

EL APARTAMENTO: LA SONRISA DEL ENAMORADO

Si las películas fueran personas, El apartamento sería mi chica favorita. Porque es la más hermosa, la más inteligente y la más sensible, porque es lúcida y valiente, tierna y divertida, y porque cuando me mira desde sus ojos chispeantes, siempre, inevitablemente, en mis labios se posa la sonrisa bobalicona del enamorado.

Todo en ella es sublime, perfecto. Cuando nos vemos en mi casa o en el cine, y lo hacemos a menudo, caigo siempre rendido ante su belleza —clásica y a la vez moderna, cuidada pero nunca ostentosa—, aunque lo mejor es escucharla… Su discurso es tan extraordinariamente atrevido y jocoso, y resulta tan inagotable, que yo, claro, no me canso, y quiero más, y más, y más. Y vuelvo a quedar con ella, y ella vuelve a contarme lo mismo, pero de diferente manera, y yo la escucho, y me gusta aún más y… basta con recordarla para que la sonrisa tonta, de nuevo, se dibuje sobre mis labios.

En nuestras citas me habla de relaciones laborales, de jefes sin escrúpulos y empleados sumisos, de un hombre maltratado por la soledad y de una mujer maltrecha por amor. Es innegable que sus historias tienen el alma herida, pero hay tanta calidez en su pulso, tanta genialidad en sus palabras, que nuestros encuentros nunca resultan del todo amargos. Tiene, además, el don del chiste brillante y sabe colocarlo en el lugar oportuno, siendo capaz de hacerme reír en las situaciones más al límite, incluso cuando habla de suicidios. También consigue emocionarme con su tremenda sensibilidad y su capacidad para entender a las personas, incluyéndome a mí mismo. Y me hace de espejo: me ayuda a conocerme, a comprenderme mejor y me aconseja que sea, al fin, un mentch, una persona como dios manda, porque, por difícil que resulte, es de verdad lo más importante.

¡Si es que es además de buena familia! Sus padres, Billy Wilder e I. A. L. Diamond, tuvieron una docena de hijas estupendas, pero esta es la preferida de casi todo el mundo. Porque supieron transmitirle todo su romanticismo y su gracia («nunca aburras», le decían) y, además, la chica les salió con unos ojos y un pelo tan preciosísimos que, cuando la tienes delante, resulta imposible dejar de mirarla. ¡Cómo no me iba a enamorar con esa cara! ¡Cómo no iba a sucumbir a tanto encanto! ¡Cómo no iba a ser ella la chica de mis sueños, mi favorita!

Ella es la mejor compañía, una cita infalible y siempre perfecta: me conmueve y me deslumbra, me hace reír y me abre el corazón. A veces llora y el rímel se le desparrama por la cara, y yo lloro con ella y hago hasta pucheros, pero al final, cuando me cuenta que el hombre y la mujer son felices al menos por un tiempo, la sonrisa estúpida resurge, esta vez más amplia, y el tiempo se detiene, y toco el cielo.

Y todo por ella, por El apartamento.