Reseña de La perra, de Dominga Sotomayor
A Dominga Sotomayor le interesan los espacios, los silencios y las cosas que no se dicen del todo. Ya en Tarde para morir joven trabajaba muy bien esa sensación de estar mirando una comunidad desde dentro, sin necesidad de explicarlo todo. En Limpia, un paso atrás en su filmgrafía, llevaba las tensiones de clase al interior de una casa. Con La perra, presentada en la Quincena de Cineastas de Cannes, adapta la novela de Pilar Quintana y se va a un lugar todavía más áspero, más físico y más despojado.
La decisión más importante de la película está en el cambio de escenario. Sotomayor traslada la historia del Pacífico colombiano al sur de Chile, a la ventosa Isla Santa María. No es un simple cambio de paisaje para darle otra textura visual al relato. Ese invierno, ese mar, ese viento que parece no dejar nunca en paz a los personajes, funcionan como una extensión del estado emocional de Silvia, interpretada con enorme contención por Manuela Oyarzún. Una mujer que trabaja recolectando algas, vive marcada por una maternidad frustrada y arrastra un dolor antiguo que la película nunca convierte en explicación de manual.
Ese es uno de los grandes aciertos de La perra. La película no cae en el melodrama, ni en el subrayado, ni en la tentación de convertir el trauma en un discurso. Silvia limpia una y otra vez la casa familiar, se mueve por espacios casi vacíos, repite rutinas, guarda silencio. Sotomayor filma todo eso con paciencia, dejando que el dolor se acumule sin necesidad de verbalizarlo a cada rato. Hay películas que parecen tener miedo a que el espectador no entienda lo que pasa. Esta, por suerte, no.

La aparición de Yuri, una cachorra callejera a la que Silvia adopta, abre la parte más interesante de la película. Porque La perra no utiliza al animal como suelen hacerlo tantas películas. Aquí la perra no viene a curar heridas, ni a dar lecciones de fidelidad, ni a convertirse en ese espejo adorable donde los humanos descubren que, en el fondo, son mejores de lo que parecían. Yuri va a lo suyo. Huele, corre, mira, se escapa, vuelve cuando quiere y obedece lo justo, que es básicamente lo que hacen los animales de verdad y no los escritos por un guionista de Hollywood en busca de la emoción fácil.
Silvia intenta depositar en Yuri una necesidad de afecto, de control y de reparación que el propio animal dinamita sin hacer nada especial. Simplemente siendo un animal. La cámara, muchas veces a ras de suelo, entiende esa energía desordenada y libre, esa presencia que no se deja domesticar por las carencias emocionales de su dueña. En esa relación entre una mujer incapaz de cerrar sus heridas y una perra que no tiene ninguna obligación simbólica con nadie, Sotomayor encuentra sus mejores momentos.
Es cierto que la película pierde algo de fuerza en su tramo final. Después de una primera mitad muy sólida, construida sobre esa tensión física entre Silvia, Yuri y el paisaje, La perra se vuelve algo más previsible cuando la desaparición del animal obliga el relato a regresar de manera más clara al análisis psicológico de la protagonista. No se hunde, pero sí pierde parte de esa extrañeza inicial que la hacía más imprevisible y más incómoda.
Con todo, La perra es una película madura, seca y muy bien filmada. Una obra que confirma la precisión de Dominga Sotomayor para trabajar las emociones sin convertirlas en discursos y para mirar a sus personajes sin juzgarlos ni protegerlos demasiado. Ah y la película no se fue de vacío: Yuri ganó el Palm Dog.
