Reseña de La Invitación, de Olivia Wilde
A veces hay películas -o libros, discos, lo que sea- que ponen de acuerdo a casi todo el mundo. The Invite, la nueva película dirigida y protagonizada por Olivia Wilde, parece, de momento, una de esas.
La película se estrenó en enero en el Festival de Sundance y desde allí empezaron a llegar críticas que resaltaban las mismas cosas: un reparto extraordinario, una dirección virtuosa, un guion inteligente y una capacidad asombrosa para pasar de la comedia al drama sin derramar una sola gota de vino por el camino. A24 se hizo con ella después de una pequeña guerra de ofertas y La invitación salió de Sundance convertida en una las apuestas de la temporada, la película que venía a rescatar el cine adulto con buenos actores y conversaciones inteligentes.
Yo me tomé aquel entusiasmo con cierto escepticismo.
No porque me guste llevar la contraria. Al revés. Me da bastante pena cuando todo el mundo disfruta de una película, un libro o un disco y yo me quedo fuera mirando por la ventana. Si tengo que ir contracorriente prefiero que sea para defender algo que los demás desprecian, no para estropear una fiesta a la que parece que ha sido invitado todo el mundo menos yo.
El motivo de mi desconfianza era otro. The Invite es una nueva versión de Sentimental, la película de Cesc Gay basada a su vez en una obra teatral escrita por el propio director. Sentimental también fue recibida con entusiasmo y a mí me pareció muy poquita cosa más allá de su interesante punto de partida. Además, tampoco había disfrutado de las anteriores películas de Olivia Wilde: Superempollonas y No te preocupes querida.

Cuatro actores alrededor de una mesa
La historia de La invitación es prácticamente la misma que la de Sentimental. Joe y Angela son un matrimonio instalado desde hace tiempo en esa fase de la convivencia en la que cualquier frase puede convertirse en un reproche. Él es un músico frustrado que ahora da clases; ella se ha dedicado a decorar un apartamento precioso en el que, por lo visto, nadie es demasiado feliz. Una noche Angela invita a cenar a los vecinos de arriba, Hawk y Piña. Joe no los soporta. Sobre todo porque escucha a través del techo sus ruidosas y aparentemente interminables sesiones de sexo, recordatorio nocturno de todo lo que ha desaparecido de su propio matrimonio.
No hace falta ser un lince para imaginar que la cena se va a complicar.
De los cuatro actores me quedo claramente con Seth Rogen. Joe podría haberse convertido con facilidad en una colección de resoplidos, gruñidos y chistes sarcásticos, es decir, en Seth Rogen haciendo de Seth Rogen; pero consigue mantener el personaje dentro de un tono reconocible. Está enfadado, amargado y bastante harto, pero también incómodo, inseguro y triste. Rogen deja que todo eso aparezca en los titubeos, en las pausas y en esa forma suya de decir algo desagradable como si todavía estuviese pensando si realmente quiere decirlo. Casi siempre quiere.
Los otros tres intérpretes tienen más problemas. Edward Norton convierte a Hawk en una caricatura desde que entra por la puerta. Su serenidad impostada, su entusiasmo por las alfombras, su pasado como bombero y esa sonrisa de hombre que cree haber entendido todos los secretos del universo lo empujan definitivamente hacia la parodia. Parece menos una persona que una idea que Joe puede odiar.

A Penélope Cruz le corresponde ser el centro magnético de la cena. Piña debería resultar misteriosa, seductora y peligrosa, alguien capaz de alterar el equilibrio de la habitación con una mirada. Cruz tiene presencia, por supuesto, pero el guion la utiliza demasiado como terapeuta y desencadenante de la acción. Explica, pregunta, observa y conduce a los demás hacia las confesiones que la película necesita. Sabemos qué función cumple mucho antes de saber quién es. El misterio desaparece y la seducción queda reducida a lo que los otros personajes dicen de ella.
Olivia Wilde, por su parte, está demasiado pasada de vueltas. Angela empieza la película tan acelerada, nerviosa y crispada que apenas le queda espacio para crecer. Todo en ella es grande: los gestos, las miradas, la respiración, la necesidad de agradar, la vergüenza. Wilde tiene momentos divertidos y se entrega por completo al personaje, pero hay ocasiones en las que uno no ve a Angela intentando controlar una situación, sino a una actriz esforzándose mucho para que veamos que Angela está perdiendo el control.
Ese exceso también está detrás de la cámara.
Una dirección que quiere hacerse notar
Se ha elogiado mucho la dirección de Wilde y es cierto que hace todo lo posible para que The Invite no parezca simplemente una obra de teatro filmada. Utiliza los espejos para fragmentar a la pareja, coloca a los personajes en los extremos del encuadre, los separa mediante puertas y paredes, rueda desde ángulos extraños y convierte el apartamento en un espacio lleno de pequeñas fronteras. La idea de los reflejos es interesante… las primeras veces. Después cada nuevo espejo parece gritar: “¡Eh! ¡Mirad qué idea he tenido!”.
No es el único recurso al que le ocurre. El montaje corta continuamente buscando que cada réplica tenga más fuerza. La cámara encierra a los actores en composiciones desequilibradas y a veces parece observarlos desde algún agujero oculto del apartamento. Y la música de Dev Hynes subraya la tensión con unas cuerdas tan insistentes que una conversación sobre la cena puede terminar sonando como si alguien hubiese escondido un cadáver debajo de la mesa.
Ahora bien, todo eso consigue algo importante. Wilde quiere que el espectador se sienta incómodo y lo logra. No lo digo con ironía. Los encuadres, el montaje y la música nos impiden relajarnos, nos contagian el nerviosismo de Angela y consiguen que sintamos que algo está a punto de estallar incluso cuando los personajes todavía hablan de comida, decoración o discos de Sade. La dirección resulta excesiva, sí, pero parte de ese exceso tiene una función y la cumple.

El teatro sigue ahí
El problema es que, por mucho que la cámara se mueva y busque reflejos, The Invite nunca consigue desprenderse del todo de su aroma teatral. Seguramente la culpa sea menos de Wilde que del texto de Rashida Jones y Will McCormack y de la forma en que está interpretado. Los personajes no conversan: intercambian réplicas. Cada frase parece colocada para provocar la siguiente y cada revelación espera disciplinadamente su turno para salir al escenario.
El guion es certero cuando explora la distancia entre cómo somos, cómo nos vemos y cómo queremos que nos vean los demás. Joe contempla su vida como un fracaso. Angela necesita que el apartamento, la cena y su matrimonio proyecten una perfección que hace tiempo que no existe. Los dos miran a Hawk y Piña y ven una versión idealizada de todo lo que creen haber perdido. Y los vecinos, por supuesto, también han construido su propia representación.
Ahí hay una película interesante. Incluso una muy buena.
Pero el guion no siempre confía en lo que ya nos ha mostrado y acaba explicándolo. Las conversaciones se convierten poco a poco en sesiones de terapia y los personajes van sacando, uno detrás de otro, los secretos, frustraciones y traumas que estaban guardados. Todo está demasiado ordenado. Demasiado preparado y, sobre todo, menos inteligente de lo que parece creer.
También se ha alabado mucho la manera en que Wilde gestiona los cambios de tono. Yo no veo esa fluidez. Primero parece una comedia de incomodidad, después juega con la farsa sexual y finalmente quiere convertirse en un doloroso drama matrimonial. No hay una cocción lenta ni un verdadero crescendo. La película alterna picos y llanos sin demasiada lógica, acelera, se detiene, vuelve a acelerar y, cuando llega el tramo final, gira de manera tan brusca que la emoción parece una obligación del guion más que una consecuencia de todo lo anterior.
The Invite quiere que sus confesiones finales nos golpeen, pero ha pasado demasiado tiempo tratando a los personajes como piezas de una comedia. De repente deja de pedirnos que nos riamos de ellos y nos exige que suframos con sus heridas. Quizá el cambio podría haber funcionado con algo más de silencio, menos música y unos personajes construidos con mayor naturalidad.
Fuera de la fiesta
Con todo, The Invite me parece mejor que Sentimental. Tiene más energía, mayor ambición visual y, sobre todo, tiene a Seth Rogen sujetando la película. Es innegable que tiene momentos divertidos, algunas ideas interesantes y un actor estupendo en el centro. Entiendo que haya gustado, pero no comparto el entusiasmo casi unánime.
Otra vez me he quedado fuera de la fiesta. Y mira que esta vez estaba invitado.
La invitación
- Título original:
- The invite
- Director:
- Olivia Wilde
- Actores:
- Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz
- Fecha de estreno:
- 16/10/2026



