‘In My Father’s Room’: La belleza de las cosas inútiles

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Reseña de In My Father’s Room, de Maha Harada

La novelista Maha Harada se estrena como directora adaptando su relato Muyou no hito, conocido en inglés como An Unnecessary Man y construido a partir de algunos elementos de su historia familiar. Satomi trabaja en un museo y, un mes después de que su padre muera solo, recibe una llave. Abre una habitación cuya existencia desconocía; pero la película no trata tanto de descubrir qué hay dentro como de llegar hasta allí preparados para entenderlo.

Satomi apenas sabía nada de su padre. Su madre lo consideraba aburrido, poco práctico y, como indica el título original, innecesario. A través de sus recuerdos y de quienes lo conocieron, descubre a alguien que había construido un pequeño mundo alrededor de la poesía, la ceremonia del té y otras cosas que pueden parecer inútiles cuando nos empeñamos en medir una vida por su productividad. Es un acierto que el hombre no resulte ser un genio secreto ni haya dejado una obra maestra escondida. Simplemente había encontrado una forma de ser feliz.

Antes de dedicarse a escribir, Harada trabajó como comisaria de arte y pasó por instituciones como el MoMA. Se nota en la manera de organizar los espacios y en la importancia que concede a los objetos. La fotografía de Yoshio Kitagawa encuentra belleza en los interiores, los tonos sobrios y el contraste con la naturaleza. Luego está el enorme cuadro de Mark Rothko que se conserva en el museo. Para rodarlo, el equipo tuvo que recrear una galería dentro del Museo Nakanoshima de Osaka y controlar cuidadosamente la iluminación. Harada da importancia a estos detalles. También sabe establecer una relación interesante entre la abstracción del cuadro y la precisión de la ceremonia del té.

En el centro están Yû Aoi e Issey Ogata, los dos estupendos. Ella interpreta el duelo sin grandes escenas de desahogo y permite que vayamos viendo cómo cambia la mirada hacia su padre. Ogata aporta vulnerabilidad y algo de humor a un personaje que podría haberse quedado en un símbolo demasiado perfecto. Entre ambos construyen una relación que continúa -quizá empieza- después de la muerte, hecha de recuerdos y de cosas que no llegaron a decirse.

Recurrir a citar como influencias a Yasujirō Ozu, Hirokazu Koreeda y Ryūsuke Hamaguchi puede resultar fácil e incluso un poco cliché; pero aquí, al menos, Harada nos da permiso para utilizar uno de ellos porque reconoce la influencia de Ozu. También ha citado El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, una referencia más interesante para entender lo que busca. «Si alguien grita, te tapas los oídos; si alguien susurra, quizás te llega más al corazón«, explicó en rueda de prensa.

In My Father’s Room susurra. Muchas veces consigue que nos acerquemos para escucharla, pero otras prolonga tanto ese susurro que empezamos a perder la atención. El material narrativo parece demasiado pequeño para sostener siempre sus 109 minutos. También se nota el origen literario y probablemente ciertros recursos narrativos funcionen mejor sobre el papel; en la pantalla se ve demasiado el mecanismo. Eita Nagayama y Eri Watanabe, además, aparecen principalmente como recursos para hacer avanzar la trama y apenas tienen entidad fuera de ese recorrido.

La película es cálida, respetuosa y está llena de imágenes bonitas. Tiene una buena idea sobre esas vidas que otros consideran inútiles y dos interpretaciones capaces de sostener sus momentos más frágiles. Cuando Harada abre por fin la puerta y nos deja ver la habitación, entendemos lo que llevaba buscando desde el principio. El camino podría haber sido un poco más corto, o quizá más intenso, pero dentro hay algo que merece la pena mirar.

In My Father’s Room

Media Flipesci:
6.4
Título original:
Director:
Maha Harada
Actores: