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Después de haber trabajado como actriz con algunos de los nombres más destacados del cine francés y europeo, entre ellos Bertrand Tavernier, Alain Resnais, Jacques Rivette, Gillo Pontecorvo, Bertrand Blier o Claude Lelouch, Nicole Garcia inició en 1990 con Cada dos fines de semana una carrera como directora de trayectoria bastante irregular. En ella encontramos títulos como Place Vendôme (1998), por el que Catherine Deneuve ganó la Copa Volpi a la mejor actriz en el Festival de Venecia; la mediocre adaptación de la novela de Emmanuel Carrère El adversario (2002); o la muy floja El sueño de Gabrielle, con la que en 2016 concursó en el Festival de Cannes.

Diez años después de aquella película y ya cumplidos los 80, Garcia vuelve a colaborar con Marion Cotillard en Milo, donde la actriz comparte protagonismo con Théodore Pellerin, Laure Calamy, Alexis Manenti y Artus. Garcia firma el guion junto a Jacques Fieschi, Olivier Demangel y Laurette Polmanss.

Cotillard interpreta a Alice, una mujer que, tras pasar veinte años en prisión condenada por su pertenencia a un grupo revolucionario violento, llega a una pequeña localidad del sudeste de Francia. Allí consigue trabajo como camarera en una cafetería situada en las afueras, junto al taller mecánico en el que trabaja Milo (Pellerin), un joven de 25 años. Resulta evidente desde el principio que el viaje de Alice tiene motivos ocultos que Garcia irá revelando progresivamente. Milo es en realidad el hijo al que tuvo que abandonar y que ignora que esa mujer que acaba de aparecer en su vida es su madre.

Durante su primera parte, Milo salta continuamente entre ambos personajes y sus respectivas subtramas. Alice intenta aproximarse al joven sin descubrir su identidad mientras Milo mantiene una relación bastante turbia con un grupo de jóvenes pertenecientes a una familia acomodada que vive en una mansión cercana. A la película le cuesta inicialmente encontrar su centro precisamente por esa alternancia, hasta que ambas líneas terminan confluyendo y la relación entre madre e hijo pasa a convertirse en el verdadero eje del relato.

Garcia construye un drama en torno a la culpa, los secretos familiares, las relaciones paterno-filiales dañadas, las identidades construidas sobre aquello que se intenta ocultar y, especialmente, el regreso de un pasado que se creía enterrado. Pero lo que comienza como un drama íntimo va desplazándose paulatinamente hacia el thriller social y criminal. Milo se ve implicado en unos asuntos cada vez más turbios junto a uno de los miembros de esa familia adinerada en cuya intimidad, de manera no demasiado verosímil, parece haberse integrado gracias a su relación con la hija.

El pasado político de Alice y el presente de Milo establecen entonces una suerte de eco generacional. Ella llevó en su juventud su rebelión contra el sistema hasta la militancia violenta; él empieza a tomar conciencia de la distancia social que lo separa de esos amigos privilegiados entre los que hasta entonces parecía moverse con naturalidad. Una idea potencialmente interesante que, sin embargo, queda bastante desaprovechada por el esquematismo con el que el guion aborda tanto la militancia política de Alice como las diferencias de clase que pretende introducir en la historia.

Mucho más convincente resulta la relación entre sus dos protagonistas. Cotillard y Pellerin poseen una excelente química y consiguen hacer creíble la evolución de su vínculo en sus diferentes fases. Cotillard se desprende de cualquier rastro de la imagen glamurosa habitualmente asociada a ella para construir desde la contención a una mujer marcada por los años perdidos, aunque el guion apenas le proporciona elementos para profundizar en su pasado. Pero es especialmente Pellerin quien consigue transmitir simultáneamente la vulnerabilidad y la determinación de Milo, así como su progresiva conciencia de que nunca será realmente uno más entre los habitantes de la mansión.

El principal problema de Milo surge del contraste entre una puesta en escena elegante y pulcra, aunque a veces transmita cierta frialdad y distancia, y un guion que se aproxima demasiado a los mecanismos del telefilm. Mediante imágenes sobrias y cuidadas, Garcia retrata los espacios cotidianos y el progresivo acercamiento entre los personajes, pero ese envoltorio cinematográfico termina ocultando una trama bastante más endeble. Conforme el drama familiar se convierte en thriller, las acciones de los personajes resultan cada vez más cuestionables y algunos giros parecen responder antes a la necesidad de producir efectos dramáticos que a la lógica interna de la historia.

Así, Milo acaba siendo una película mucho más convincente en sus momentos íntimos que cuando intenta convertirse en un thriller social. Hay buenas ideas en ese paralelismo entre dos generaciones marcadas por diferentes formas de rebeldía y en la posibilidad de recuperar un vínculo destruido por veinte años de ausencia. Pero Garcia apenas consigue desarrollarlas más allá de su formulación inicial. Queda una película de acabado elegante, sostenida por dos excelentes intérpretes y capaz de funcionar cuando observa simplemente cómo Alice y Milo aprenden a relacionarse, pero demasiado esquemática y efectista cuando pretende ampliar su mirada hacia el conflicto político, social y criminal. Un envoltorio muy aparente para una trama que, en demasiados momentos, se desarrolla de forma bastante más chapucera de lo que sus cuidadas imágenes hacen pensar.

7:40 ce matin-là / MIlo

Media Flipesci:
5.8
Título original:
Milo
Director:
Nicole Garcia
Actores:
Marion Cotillard, Théodore Pellerin, Artus, Laure Calamy, Charles Berling