En De repente hay una escena de teatro. A las personas del público se les reparten instrumentos sencillos, como panderetas y similares, para que se hagan notar. El nieto del protagonista de la obra tiene autismo y sucede que en algunas de las representaciones, no en todas, irrumpe en el escenario y se queda por ahí vagando e interactuando con el atrezo. Al terminar, uno de los asistentes se dirige a la directora y le pregunta cuál es la razón de repartir instrumentos. Ella explica que cuando vieron que el chaval a veces subía al escenario decidieron buscar este truco para romper ya de inicio la cuarta pared y que no resultara extraño si el chico intervenía. Esta situación de la película la podéis usar cuando alguien os pregunte la diferencia entre integración e inclusión. La primera consigue que todo el mundo pueda participar siempre que se adapte al sistema; la segunda adapta el sistema para que todo el mundo pueda participar. Y con esto podríamos resumir las tres horas de la película de Ryūsuke Hamaguchi.
Hamaguchi se ha convertido en uno de los directores esenciales del momento. Sus películas nos muestran relaciones personales fuera de esquemas manidos. Lo vemos en Drive my car o en La ruleta de la fortuna y la fantasía. Relaciones complejas, íntimas, a veces conflictivas. Aquí lo tenemos otra vez con esas dos almas gemelas fugaces tan especiales que son los personajes de Virginie Efira y Tao Okamoto. No es una relación romántica ni deja de serlo, es una intimidad intelectual que va más allá. Una de esas conexiones inmediatas que por poco que duren resultarán inolvidables. Pero también hay relaciones complicadas, como la de la protagonista con Sophie (Marie Bunel) con quien tiene un enfrentamiento laboral que trasciende a lo personal. Por supuesto que Hamaguchi no va a dibujar simplemente antagonistas a los que hay que vencer, es todo mucho más complejo.
Hamaguchi nos habla, como decía, de inclusión. La de verdad, la que deja espacios a cada persona para desarrollarse. Nos habla de dignidad, la de los ancianos con deterioro cognitivo, la de los trabajadores en condiciones precarias, la de los enfermos terminales. Busca esa dignidad a través de una defensa férrea del humanismo, representado en el nuevo programa del centro de mayores y también en el teatro de la directora. El cariño, el afecto, la empatía entre las personas se siente en una película que lleva un tono relajado que contrasta con el estrés de los recursos limitados. Para ello también se sirve de contraponer geografías. El parís estresante de Marie-Lou, que aunque es bonito también es bullicioso y desordenado; el Japón rural de Mari, con sus paisajes abiertos y tranquilos y también su tradición espiritual. Estos dos mundos se mezclan y se enriquecen. Hamaguchi consigue que podamos respirar con la filosofía relajada de ese campo japonés dentro de la gran ciudad. Lo vemos claro en un plano general en el que el centro de mayores es un oasis de árboles dentro de los edificios típicamente parisinos. Un espacio donde parece que la vida importa y se siente en algunas imágenes que rozan el ASMR de masajes. También son dos personajes complementarios, la directora del centro muy pegada a la realidad de cada hora extra que hay que pagar y la directora filósofa que se mueve en el mundo de las ideas y la provocación intelectual. Cada una de ellas saben que la otra es necesaria y hacen buen equipo. De la misma manera que Marie Lou y Sophie también son ambas necesarias y complementarias. En este sentido la película también es una invitación a hacer equipo entre personas con los mismos objetivos aunque con diferentes métodos. Sí amigos, hablo de la unión de la izquierda.
El contraste entre Japón y Francia, dos países que siempre se han entendido muy bien cinematográficamente, también define bastante el estilo de la película. Una historia social muy pegada la calle, con los conflictos laborales, las horas extras, el presupuesto, la discusión entre trabajadores, la tensión con la patronal, el funcionamiento cotidiano de un centro… todo eso es puro cine francés. La espiritualidad, la filosofía, la idea de cómo tiene que situarse el individuo en el universo y su relación con la naturaleza; todo eso es puro cine japonés. Hamaguchi siempre ha sido un director japonés con toque europeo y esta ambientación francesa con un guión bilingüe ha sacado lo mejor de los dos mundos.
El ritmo tranquilo, armonioso, en paz, ayuda a transmitir el mensaje de la película, pero eso no quiere decir que Hamaguchi no sea combativo y no tenga un mensaje político claro y contundente. Como en El mal no existe, muestra claramente el enfrentamiento y los abusos del capitalismo. Aquí llega incluso a explicar su tesis en una pizarra, a través del personaje de la japonesa. Una película intelectualmente refrescante, que sensorialmente relaja e invita a la paz, y que transmite una humanidad que te recarga las pilas. Mensaje y masaje.

De repente
- Título original:
- Soudain / All of a Sudden
- Director:
- Ryusuke Hamaguchi
- Actores:
- Virginie Efira, Tao Okamoto, Gabriel Dahmani, Kyōzō Nagatsuka, Kodai Kurosaki



