Se ha presentado en la sección New Directors del Festival de San Sebastián. Se trata del primer largo del director chileno Thomas Woodroffe, después de varios cortometrajes. Parte de La terre de feu, un documental de 1925 que se encuentra en la Cinémathèque de Toulouse, en el que se ven los pueblos originarios de Tierra de Fuego a partir de una expedición francesa. El director construye su película para dar a conocer esta pieza que inicialmente iba a ser simplemente un documental. Sin embargo, Woodroffe viene de la ficción y cuando su guionista, Valeria Hofmann, le propuso incluir un fantasma, el proyecto comenzó a derivar en lo que ha sido finalmente. El fantasma del director de aquella película (en realidad eran dos directores pero Woodroffe los fusiona en uno, modificando el nombre) se descongela en los fríos glaciares de la Patagonia y empieza a hacer un recorrido para encontrar su película en Francia. De ahí, de los glaciares, sale el título, porque se llama bloques erráticos a los desprendimientos del glaciar. Evidentemente hay un doble juego con la estructura narrativa.
Para el fantasma han conseguido nada más y nada menos que a Denis Lavant, que se apunta a un bombardeo siempre que sea un bombardeo excéntrico. El actor hace lo que sabe hacer: atraer la mirada del espectador y ofrecer una voz en off fantasmagórica. Eso sí, mientras su personaje es un simple técnico es difícil de creer, le cuesta hasta poner un tornillo. Mejor como fantasma. Toda la parte en la que vaga por la cinemateca está al borde de un reportaje con excusa vagamente ficcionada. Más bien una ocurrencia. La participación de empleadas con conversaciones nada espontáneas tampoco ayuda. Toda esa parte resulta demasiado amateur y creo que refleja bien el carácter de documental sobre el archivo que estaba en el germen del proyecto.

Resultan mucho más interesantes las imágenes evocadoras de una Tierra de Fuego del presente o incluso futuro, con toque espiritista. Son imágenes sugerentes, hipnóticas, embrujadas. Una concepción del cine muy primitiva que conecta bien con las imágenes del material original que vemos finalmente en un escrupuloso silencio, sin acompañamiento musical, con esa magia que veía en Irma Vep el personaje del director.
Este juego previo de ficción sirve como presentación del material pero, sobre todo, como resignificación de una obra colonialista y poco respetuosa con los habitantes del lugar, de quienes hace una caricatura tramposa para encajar en los esquemas eurocentristas de principios del XX. Woodroffe admira así el valor documental -incluso con las trampas- y la calidad estética de esas imágenes, pero convirtiendo ese trato inadecuado en una crítica de eso mismo. Sería como uno de esos avisos que ponen ahora algunas plataformas al inicio de películas que han envejecido regulín, pero haciendo que ese aviso sea tan importante o más que la propia obra.
Una ópera prima llena de defectos pero también de ambición y algo de talento.



