‘Sentido y sensibilidad’: Una nueva aproximación

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Reseña epistolar de Sentido y sensibilidad, de Georgia Oakley

Mi querido amigo:

Hay familias en las que la muerte de un padre, como si no fuera suficiente desgracia, provoca una disputa por la herencia. En otras ocasiones, a mi entender igual de tristes, ni siquiera hace falta discutir: los caballeros se quedan con la casa y las señoras deben buscar dónde vivir. Las Dashwood pertenecen a estas últimas. Imagino que conocerá a algún caballero a quien semejante disposición le parezca perfectamente razonable: siempre resulta más fácil defender una costumbre cuando se está del lado de los ganadores. Por suerte, ni usted ni yo confundimos la conveniencia con la justicia.

Le hablo de ellas porque he visto la nueva Sentido y sensibilidad, dirigida por Georgia Oakley, y creo que haría usted bien en acercarse a conocerlas. Me ha gustado bastante. Lo suficiente para escribirle esta carta, aunque procuraré que mi recomendación no le haga esperar una obra extraordinaria. Aunque he encontrado una película sensible, hermosa y con una mirada propia sobre una historia conocida, no puedo negar que tiene también algunas limitaciones de las que le hablaré antes de que nuestra amistad pueda verse comprometida por el precio de su entrada.

Tras perder al padre, como mencionaba antes, las tres hermanas y su madre abandonan la propiedad familiar para instalarse en una casa mucho más modesta. Elinor, la mayor, administra sus sentimientos con el cuidado de quien sabe que no puede permitirse demasiados gastos; Marianne, la mediana, los entrega con una generosidad y sinceridad que sería admirable si eso no conllevara que resulte demasiado fácil aprovecharse de ella. Las dos desean amar y ser amadas. El problema es que, como usted sabe,  para una mujer en su situación, equivocarse de caballero puede tener consecuencias bastante más serias que pasar unas semanas lamentando su elección.

Ya sé que usted y yo tenemos la fortuna de poder considerar el matrimonio un asunto sentimental. No es así para las Dashwood, ellas deben hacer también algunas cuentas. El dinero condiciona sus posibilidades, su posición y hasta la libertad con la que pueden expresar lo que sienten. Oakley mantiene esa preocupación muy presente. Bajo los desengaños hay algo más incómodo que un corazón herido: la incertidumbre sobre el lugar que una mujer puede ocupar cuando carece de patrimonio propio.

Tal vez recuerde Blue Jean, la notable primera película de la directora, sobre una profesora que debía ocultar su sexualidad en la Gran Bretaña de Thatcher. El cambio de época y de medios es considerable, pero las preocupaciones se parecen. También allí una mujer tenía que negociar entre la vida que deseaba y la que su entorno le permitía llevar. Incluso en su corto Little Bird, ambientado en el Londres de la Segunda Guerra Mundial, aparecía una joven que intentaba ampliar sus horizontes. Empiezo a sospechar que a la señorita Oakley le interesan especialmente las mujeres a las que alguien ha explicado con demasiada seguridad lo que pueden hacer y, sobre todo, lo que no pueden hacer.

El guion de esta adaptación lo firma la novelista Diana Reid. ¡Su primer guion cinematográfico! Dice que dudó si aceptar el proyecto y seguro que comprenderá usted sus vacilaciones: volver a esta novela después de la película de Ang Lee, escrita y protagonizada por Emma Thompson, exigía encontrar algo que justificase la visita. Reid lo encontró en el vínculo entre Elinor y Marianne. Oakley, que recibió la propuesta cuando solo había dirigido aquel primer largometraje, reconoció en ese vínculo una buena razón para aceptar.

A mi entender, ahí está el mayor logro de la película. Las hermanas se quieren, se cuidan y también se hacen daño. Cada una encuentra en la otra virtudes que le faltan y defectos que le cuesta tolerar. Elinor debe soportar que su discreción parezca indiferencia; Marianne, que su franqueza se confunda con una incapacidad para entender el mundo. La película les concede tiempo para equivocarse juntas y para descubrir que conocer bien a alguien no siempre significa comprenderlo. Sus pretendientes tienen importancia, desde luego, pero lo que más me ha interesado es cómo estas dos mujeres aprenden a mirarse.

Oakley las rodea de un mundo que parece usado. Los vestidos se comparten y se arreglan, el cabello se despeina, las casas guardan humedad y las manos tienen otras ocupaciones además de sostener una taza. Elinor cultiva y corta leña; Margaret recoge moras. Hay algo muy convincente en esa vida doméstica. La pérdida de posición social se percibe en el trabajo que exige cada día y en la ropa que debe seguir sirviendo cuando ya no es posible encargar otra.

La fotografía de Arnaud Potier, rodada en 35 mm, encuentra belleza en esas texturas sin volverlas impecables. El vestuario de Grace Snell y los espacios de Francesca Di Mottola participan de la misma idea. Bosques, agua y vegetación acompañan especialmente a Marianne, que parece respirar mejor en cuanto se aleja de las convenciones. Pero ese exterior también puede exponerla y hacerle daño. Me gusta que el paisaje tenga esa doble condición: ofrece libertad, aunque no garantiza refugio.

Por eso entiendo el cambio que se produce cuando llegan a Londres. Entre fiestas y salones, la película pierde parte de la singularidad que tenía al aire libre. Se vuelve más encerrada, más sujeta a los gestos que cabe hacer y a las palabras que conviene callar. Puede parecer un tramo menos personal, pero creo que esa incomodidad forma parte de lo que se nos quiere contar. También las hermanas disponen allí de menos espacio para ser ellas mismas. Resulta curioso cuánto puede estrecharse la vida dentro de una casa tan grande.

La distancia entre ambas aparece asimismo en los encuadres. Oakley ha mencionado Persona, de Ingmar Bergman, como referencia para situarlas en distintos términos de un mismo plano cuando más separadas se sienten. Es un recurso que expresa bien algo bastante reconocible: dos personas pueden compartir una habitación y encontrarse muy lejos la una de la otra.

Esmé Creed-Miles da a Marianne el impulso que necesita. Tiene vivacidad y hace comprensible su entrega, incluso cuando uno desearía aconsejarle un poco de prudencia. Fiona Shaw, como la señora Jennings, aporta una comicidad muy agradecida; su falta de tacto anima unas reuniones que correrían el riesgo de volverse demasiado solemnes. George MacKay encuentra una buena complicidad con Elinor. En sus encuentros se percibe lo que ambos sienten y el esfuerzo que hacen por contenerlo.

Mi principal reserva está precisamente en Daisy Edgar-Jones. Cuando Elinor escucha, observa o procura disimular una emoción, la actriz brilla. Sus miradas dejan ver lo que el personaje se empeña en guardar, y esa contención funciona especialmente bien junto a MacKay. Sin embargo, cuando la escena le exige aumentar la intensidad, no alcanza la misma profundidad. Se percibe el esfuerzo por expresar el sentimiento más que el sentimiento mismo. En algunos momentos decisivos me quedé esperando una emoción que entendía perfectamente, pero que su interpretación no terminaba de hacerme sentir. Es una limitación importante en un personaje cuya reserva debe permitirnos adivinar todo lo que hay debajo.

He oído reprochar a esta versión que tenga menos filo satírico que la novela. Es cierto que el tono cambia, pero eso, por sí solo, me parece una objeción insuficiente. Oakley y Reid han elegido otra forma de acercarse a la historia, más atenta al cuerpo, al entorno y a la intimidad. Reid ha escrito de nuevo gran parte del diálogo, procurando conservar el ritmo de Austen. Se puede discutir el resultado; yo encuentro bastante coherencia entre lo que quieren hacer y las decisiones que toman.

Hay una, sobre todo, que me parece acertada: las dos hermanas deben aprender. Marianne necesita algo de prudencia, pero sería triste que toda su educación consistiese en renunciar a lo que la hace valiosa. Elinor también tiene asuntos pendientes con sus sentimientos. Comprenderá usted que resulte cómodo elogiar el autocontrol cuando son los demás quienes deben practicarlo.

Voy a contarle un detalle del desenlace, confiando en que saberlo no le estropee el placer de verlo. Elinor corre. Esa joven que ha pasado buena parte de la película midiendo sus palabras y sujetando sus impulsos sale en busca de lo que desea. Corre como Marianne. Me gusta mucho ese gesto porque hace visible lo que ha recibido de su hermana: una forma de atreverse. Incluso con mis reservas sobre Edgar-Jones, encuentro ahí una resolución emotiva y bien pensada para su personaje.

Vaya usted a verla cuando tenga ocasión. Creo que disfrutará de esas hermanas, de sus diferencias y de una directora que encuentra vida en una historia que parecía ya muy bien contada. Yo salí satisfecho, con algunas objeciones y con ganas de conversar sobre ella. De momento he tenido que conformarme con escribirle; procure verla pronto, que esta amistad también requiere algún esfuerzo por su parte.

Su afectísimo amigo.

Sentido y sensibilidad

Media Flipesci:
7.3
Título original:
Sense and Sensibility
Director:
Georgia Oakley
Actores:
Daisy Edgar-Jones, Esmé Creed-Miles, Caitríona Balfe, Bodhi Rae Breathnach, Frank Dillane
Fecha de estreno:
23/10/2026