‘Digger’: Todos al ataque

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Reseña de Digger, de Alejandro González Iñarritu

Cuando debutó con Amores perros, Alejandro González Iñárritu arriesgó. Construyó un relato visceral y fragmentado alejado de cualquier convención y lo situó, junto a sus amigos Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, a la vanguardia de una generación mexicana empeñada en abrirse paso sin rebajar la intensidad de su propuesta. Tras completar su trilogía de la muerte con 21 gramos y Babel, tenía crédito suficiente para, en términos futbolísticos, gestionar su ventaja con calma. Sin embargo, optó por adelantar las líneas: el falso plano secuencia de Birdman, el rodaje con luz natural en condiciones extremas de The Revenant y, tras dos Óscar consecutivos como director, la introspección surrealista y autobiográfica de Bardo. Se le pueden achacar muchas cosas, pero hay que reconocerle que siempre ha preferido descolocar las expectativas antes que repetir la jugada que le dio el triunfo.

Y sigue con el mismo plan en Digger. Con un presupuesto mastodóntico, libertad autoral absoluta y una estrella del calibre de Tom Cruise al frente de un reparto increíble, lo lógico dentro de la industria habría sido entregar un espectáculo medido y eficaz. En lugar de eso, se interna en una sátira medioambiental absurda que se zambulle abiertamente en la comedia. El director ha vuelto a mandar a todo el equipo al ataque.

¿Merecía la pena el riesgo? ¿Es Iñárritu un cineasta ambicioso o pretencioso? La pregunta le acompaña desde hace tiempo. En Birdman ambas cosas convivían bastante bien porque la película se burlaba de la grandilocuencia de sus personajes y también, creo yo, en la del propio director. Con Bardo, esa frontera se volvió más problemática y no fuimos pocos los que la encontramos autocomplaciente y ombliguista. ¿Qué ocurre con Digger? ¿Su ego, como decían en Top Gun, extiende cheques que su talento no puede pagar?

Todo a lo grande

Talento tiene, desde luego. Iñárritu es un gran narrador con un dominio indudable de la puesta en escena. Alguien que sabe construir imágenes potentes y organizar un espectáculo descomunal. Y equipo tiene también: Emmanuel Lubezki en la fotografía (tres Oscar y cinco nominaciones más), Stephen Mirrione en el montaje (un Oscar y otras dos nominaciones), Dennis Gassner en el diseño de producción (otro Oscar y otras seis nominaciones) y un reparto en el que, además de Cruise, encontramos a Sandra Hüller, Jesse Plemons, Riz Ahmed, John Goodman (sensacional) o Michael Stuhlbarg. Casi nada. El problema es que la película, en sus excesos, ofrece tantas razones para desconectar como motivos para recuperar la atención.

De entrada, Digger presenta a un magnate petrolero que necesita demostrar que puede salvar a la humanidad del desastre que él mismo ha provocado. La premisa permite hablar del poder, del narcisismo y de esa habilidad de algunos multimillonarios para presentarse como solución a los problemas que han contribuido a crear.

La comparación con ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove) de Kubrick resulta inevitable: el apocalipsis, los dirigentes grotescos y una humanidad cuyo futuro depende de gente a la que no le dejaríamos organizar ni siquiera una reunión de vecinos. Sin embargo, Iñárritu sustituye buena parte de la precisión y la ironía de Kubrick por una acumulación de excesos. Todo es enorme y estridente; todo parece necesitar un subrayado, incluso lo que ya habíamos entendido perfectamente.

La exageración puede ser una gran herramienta crítica, pero una comedia necesita funcionar como comedia. Digger se juega buena parte de sus posibilidades en una comicidad basta y desatada en la que es fácil no entrar. Cuando el chiste falla, Iñarritu insiste, aumenta el volumen y prolonga las situaciones, como si nuestra resistencia pudiera vencerse por agotamiento. Iñárritu quiere criticar la vulgaridad y la conversión de cualquier cosa en espectáculo, pero termina reproduciendo la estridencia que critica.

También se vuelve problemática la frontera entre el humor negro y la truculencia. Algunas imágenes de personas arrastradas por riadas recuerdan demasiado a las que hemos visto recientemente en el Himalaya. Aunque las de Digger estén rodadas mucho antes, riadas de menores dimensiones también nos resultan demasiado familiares y la película no encuentra un tono que controle ese problema. Podemos entender lo que busca y, aun así, sentir que la escena se le ha ido de las manos.

Hay algo estimulante, por otro lado, en una producción de estas dimensiones que se permite ser tan extraña, antipática y poco complaciente. Tiene imágenes poderosas, decisiones inesperadas y una voluntad de llevar las situaciones hasta sus últimas consecuencias que, por momentos, funciona. Lo malo es que parece tan satisfecha con su audacia que da por hecho que nosotros también deberíamos estarlo.

Un salvador inesperado

Cruise sale mejor parado. Después de años concentrado en grandes producciones de acción, resulta interesante verlo asumir un riesgo interpretativo de esta magnitud. Las prótesis y el cambio físico son lo más evidente, pero lo que tiene verdadera gracia es el uso de su propia imagen. Llevamos décadas viéndolo correr, controlar situaciones imposibles y salvar el mundo. Aquí interpreta a un hombre cuyo convencimiento de que puede salvarlo forma parte del problema.

Hay algo de su personaje de Magnolia y bastante del Les Grossman de Tropic Thunder, aunque sostener esa desmesura durante una película entera plantea dificultades que una aparición secundaria podía esquivar. Ahora bien, para explicar por qué me parece su mejor interpretación desde Magnolia hay que entrar en el giro de la película.

El teatro dentro del teatro

A partir de aquí hay spoilers

Durante la primera media hora creemos estar viendo la historia de Digger Rockwell, el magnate que ha desencadenado una catástrofe climática. Después descubrimos que todo pertenece a una representación teatral titulada Fossil Fools. Cruise interpreta en realidad a Curtis Markson, un actor que está haciendo de Digger. El desastre de Groenlandia, los políticos y el supuesto salvador de la humanidad forman parte de un espectáculo que recrea acontecimientos sucedidos veinticinco años antes dentro del mundo de la película.

Seguimos viendo fragmentos de la obra, pero también conocemos a sus actores y, especialmente, a Curtis, que atraviesa una crisis relacionada con la desaparición de su hija. Ese contraste permite apreciar mejor el trabajo de Cruise. La caricatura deja de ocuparlo todo y aparece un personaje capaz de sostener otro registro. El cambio da sentido a la exageración inicial: había algo más que una estrella divirtiéndose debajo de unas prótesis.

El giro, además, lleva la película a un terreno mucho más próximo al de Birdman. La denuncia medioambiental se convierte en una reflexión sobre la representación y la capacidad del arte para intervenir en la realidad. ¿Sirve de algo convertir una catástrofe en una obra de teatro? ¿Nos ayuda a comprenderla o nos permite sentir que ya hemos hecho nuestra parte? Podemos denunciar el desastre y aplaudir a quienes lo representan mientras el desastre sigue ahí. La idea es interesante y añade una contradicción que afecta también a la propia película.

Pero este mecanismo de metaficción también puede provocar la sensación de que Iñárritu se ha reservado una respuesta para las críticas: si lo que vemos nos parece burdo, exagerado o maniqueo, es solo porque que era una representación burda, exagerada y maniquea dentro de otra ficción. El giro explica el artificio; lo que no está tan claro es que convierta en buenas las escenas que no funcionaban.

Además, la diferencia entre ambos niveles es mucho menos clara de lo que debería. Cambian la paleta de colores y, de manera importante, la interpretación de Cruise, pero los personajes que le rodean y buena parte de la puesta en escena mantienen un tono prácticamente igual de caricaturesco. La supuesta realidad sigue pareciendo otro decorado habitado por figuras grotescas, restando fuerza al contraste y haciendo complicado que la historia de Curtis encuentre el peso emocional que necesita. Al ser el mundo “real” tan similar a la “ficción”, no se tiene la sensación de estar viendo a gente rodando una película exagerada y maniquea, sino la de estar viendo una película exagerada y maniquea.

Demasiados espacios atrás

Iñárritu añade una nueva e interesante capa al relato, sí; pero no consigue profundizar lo suficiente en ella ni librarse de la sensación de estar insistiendo en unas pocas ideas ya expuestas. Su reflexión sobre el espectáculo acaba atrapada en un espectáculo demasiado satisfecho consigo mismo. Y ahí vuelve la pregunta sobre la ambición y la pretensión: ¿hasta qué punto está examinando su propia grandilocuencia y hasta qué punto busca una justificación para ella?

Se agradece que siga dispuesto a jugársela, pero no podemos dar por buena cualquier jugada simplemente porque es difícil. Ha mandado a todo el equipo al ataque. Por momentos resulta espectacular, pero ha dejado demasiados espacios atrás y eso, al final, se paga.

Digger

Media Flipesci:
6.2
Título original:
Director:
Alejandro G. Iñárritu
Actores:
Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg
Fecha de estreno:
02/10/2026