Reseña de Roma Elastica, de Bertrand Mandico
Bertrand Mandico, desde Les Garçons sauvages hasta After Blue o Conann, ha construido su cine en un territorio propio hecho de cuerpos mutantes, deseos raros, ciencia ficción artesanal, erotismo torcido y una idea muy física del artificio. Mandico no filma mundos posibles, sino mundos deformados por el cine.
Con Roma Elastica, presentada en la Selección Oficial de Cannes dentro de las Sesiones de Medianoche, no podía ser en otra sección, vuelve a estar más cerca del culto inmediato de los amantes del género que del consenso crítico. La película, desde luego, no hace ningún esfuerzo por gustar a todo el mundo. Es barroca, irregular, fascinante a ratos y cargante en otros. Muy Mandico, para bien y para mal.
La historia nos sitúa en 1982. Eddie, interpretada por Marion Cotillard, es una estrella estadounidense en declive que llega a Roma para rodar una delirante película de ciencia ficción en Cinecittà. La acompaña Valentina, maquilladora, asistente y cómplice, interpretada por Noémie Merlant. Eddie acaba de recibir un diagnóstico terrible: tiene un tumor que la coloca frente a una muerte cercana. Pero el cine, que siempre ha tenido una relación bastante indecente con la fragilidad ajena, no se detiene. Hay que rodar, iluminar, maquillar y seguir convirtiendo el cuerpo enfermo de una actriz en imagen.

Ese es el eje sobre el que gira Roma Elastica: la colisión entre la carne mortal y el artificio eterno del cine. Eddie no solo teme morir. Teme dejar de ser mirada. Teme que su cuerpo ya no responda a las exigencias de la cámara. Teme que el cine, ese mismo cine que la ha convertido en estrella, la abandone cuando ya no pueda ofrecerle juventud, belleza o disponibilidad.
En cierto momento de la película se cita explícitamente la Nueva Carne, pero Roma Elastica sería más bien su reverso. Si en el cine de David Cronenberg la mutación podía tener algo de liberador, aquí no hay liberación posible. Hay deterioro. Un cuerpo que no se transforma para alcanzar otro estado, sino que se descompone mientras el cine intenta seguir embelleciéndolo.
El arranque es probablemente lo mejor de la película. Un plano secuencia en el camerino, con Eddie recibiendo por teléfono la noticia de su enfermedad, asimilándola casi en silencio y caminando después hacia el set para lanzarse a un monólogo histriónico frente a un hombre ensangrentado en una cama. En pocos minutos está todo: la tragedia íntima, la obscenidad del rodaje, el absurdo del oficio, el cuerpo que se rompe y la ficción que exige seguir adelante. Es una apertura magnífica que pone un listón muy alto que no siempre supera en el resto del metraje.

Mandico concibe Roma Elastica como una perversa carta de amor a Cinecittà, a la ciencia ficción italiana, al giallo y al cine fantástico de los sesenta y setenta. Por ahí sobrevuelan los espíritus de Mario Bava, Dario Argento, Federico Fellini, Elio Petri, Luchino Visconti o Michelangelo Antonioni. También aparecen físicamente Ornella Muti y Franco Nero. Son, además de nombres en el reparto, un homenaje al cine y a la época de la que fueron representantes.
Visualmente, la película tiene momentos muy poderosos. La Roma de Mandico no es una postal turística, sino una ciudad fantasma, un limbo de estudios, estatuas, decorados y cuerpos perdidos. Cinecittà aparece como un cementerio luminoso, un lugar donde el cine sigue funcionando como máquina de resurrección, aunque cada vez parezca más claro que lo único que resucita son espectros. La fotografía de Nicolas Eveilleau, difuminada y evanescente, convierte cada plano en el recuerdo deformado de una película que quizá existió o quizá solo pertenece a una fantasía cinéfila.
El gran sostén de todo esto es Marion Cotillard. Su interpretación es desatada, exagerada cuando tiene que serlo y vulnerable cuando la película deja espacio para ello. Es cierto que muchos de sus gestos pueden parecer demasiado subrayados, pero no dejan de ser los de una actriz que está interpretando incluso cuando intenta dejar de interpretar. A su lado, Noémie Merlant funciona como contrapunto físico y emocional, más seca, más terrenal, menos espectral. La relación entre ambas es de lo más sólido de la película, aunque Mandico a veces parezca más interesado en rodearlas de rarezas que en dejar respirar esa tensión.
‘Conann’: Performance lisérgica
28/05/2023 - Ricardo FernándezMandico es un cineasta único y valiente que navega por el exceso y eso a veces le lleva a perder el rumbo. Sin embargo, también es un cineasta rebosante de talento, capaz de crear imágenes poderosas y sugerentes que sin duda merecen ser exploradas. Leer más
Porque Roma Elastica tiene imágenes, ideas y momentos poderosos, pero también una evidente tendencia a la acumulación. Mandico llena la pantalla de personajes improbables, cuerpos extraños, diálogos descolocados, homenajes, bromas internas y desvíos narrativos. Eso hace que Roma Elastica se desvíe de la progresión dramática y se convierta en una sucesión de ocurrencias más o menos brillantes.
En mi reseña de Conann escribí que aquella “distaba mucho de ser perfecta”, que su estructura avanzaba “a trompicones” y que la propuesta podía saturar porque Mandico es “un cineasta único y valiente que navega por el exceso y eso a veces le lleva a perder el rumbo”, aunque también es “un cineasta rebosante de talento, capaz de crear imágenes poderosas y sugerentes”. Cambien Conann por Roma Elastica y la crítica sigue funcionando casi palabra por palabra. Hay una línea muy fina entre el exceso como forma de libertad y el exceso como forma de dispersión. Roma Elastica la cruza varias veces.
Una película irregular, excesiva y a ratos desconcertante. También una película con imágenes que se quedan pegadas, una protagonista magnética y una idea del cine como arte impuro, enfermo, fetichista y todavía capaz de producir visiones.
