Reseña de El hombre más solitario de la ciudad, de Tizza Covi y Rainer Frimmel
Reconozco que no conocía a Al Cook. Resulta que se llama Alois Koch, que es uno de los pioneros del blues en Austria y que lleva tocando desde 1964. Decidió hacerse músico después de ver a Elvis Presley en el cine y ha dedicado su vida a una música nacida en un país que nunca ha pisado. Después de ver El hombre más solitario de la ciudad, de Tizza Covi y Rainer Frimmel, me han entrado ganas de comprarme un disco suyo. Claro que, teniendo en cuenta que una vez escribí esto para explicar por qué sigo acumulando discos y cargando con ellos cada vez que me mudo, ¿cómo no iba a gustarme una película sobre un hombre que vive rodeado de libros, revistas, vinilos, cintas y demás objetos llenos de historias? El título original, The Loneliest Man in Town, es también el de la canción de mayor éxito de Cook.
En la película, Al Cook vive solo en un abarrotado piso de Viena. Hay discos en las estanterías, cintas de vídeo, fotografías, recuerdos de sus conciertos y un estudio en el sótano donde sigue tocando. En esa casa también pesa la ausencia de Silvia, la mujer que ha perdido el Al de la ficción. Fuera, una inmobiliaria quiere derribar el edificio y necesita que Al se vaya, ya que es el último inquilino del inmueble. Al no está dispuesto a ponérselo fácil. Marcharse significa encontrar otro lugar donde vivir, pero también decidir qué hacer con todo aquello que ha ido guardando durante décadas.
Covi, italiana, y Frimmel, austríaco, trabajan juntos desde hace años y acostumbran a rodar con personas y espacios reales. La Pivellina pasó por Cannes y Vera obtuvo el premio a la mejor dirección en la sección Orizzonti de Venecia. Cook interpreta una versión de sí mismo: su música, sus discos y muchos de los objetos son suyos, mientras que Covi les da un argumento de ficción con toda la historia del deshaucio. Esa mezcla funciona porque el hombre que vemos delante de la cámara no parece esperar a que le indiquen cómo debe moverse por su casa. La conoce mejor que nadie. Lo difícil es empezar a despedirse de ella.

El estudio en el sótano me hizo acordarme de In the Basement, de Ulrich Seidl, donde los sótanos austríacos sacaban a la luz aficiones y obsesiones que sus dueños mantenían fuera de la vista. En aquella la entrada al sótano de una casa austríaca anunciaba una exploración de lo reprimido o grotesco. Covi y Frimmel invierten esa expectativa: el sótano no oculta una monstruosidad, sino un refugio creativo. También recorde Perfect Days de Wim Wenders por la la rutina, la cultura analógica, la soledad urbana y, sobre todo, la dignidad de una existencia aparentemente minúscula.
En aquel artículo sobre mis discos decía que una colección acaba siendo una especie de retrato de quien la ha reunido, aunque los demás solo podamos entender una parte. Podemos leer los títulos y admirar las portadas; no sabemos dónde compró cada disco su dueño ni quién estaba con él cuando lo escuchó por primera vez. La película entra en ese espacio. Hay cosas en casa de Al que recuerdan una vida compartida y otras que hablan de la vida que imaginó para sí mismo. Su pasión por el blues le ha permitido habitar, desde Viena, un lugar al que nunca viajó. A Al le cuesta desprenderse de todo eso; pero, llegados a cierto punto, no puede seguir viviendo rodeado de cajas.

Frimmel rueda en 16 mm y deja que miremos. Los planos fijos permiten curiosear por las habitaciones, detenerse en una portada o descubrir algo detrás de Cook mientras este se ocupa de otra cosa. Al principio apenas queda espacio libre en el encuadre. Luego empiezan a llegar compradores y, con cada objeto que sale de la casa, Al parece un poco más expuesto. Me gusta que la película se tome su tiempo para mostrar esas pequeñas despedidas. Algunos discos pasan a manos de gente más joven. Al pierde algo, sí, pero tal vez le resulte más fácil dejarlos ir sabiendo que alguien volverá a ponerlos. En esos cambios de manos hay también una pequeña transmisión de conocimientos y vivencias.
Hay tristeza en todo esto, aunque Covi y Frimmel encuentran también motivos para reírse. Los hombres enviados por la inmobiliaria tienen algo de personajes de Aki Kaurismäki, con sus amenazas y sus conversaciones que terminan desviándose hacia asuntos bastante menos importantes. Cook tampoco renuncia a su humor seco ni a arreglarse el tupé como si fuese a salir a tocar ante una sala llena. La película le permite ser terco, divertido y, a veces, bastante difícil. Se nota el cariño con que lo miran, pero es un acierto que no le pidan que resulte entrañable a cada minuto.

Ahí Kaurismäki llega más lejos: bajo la comicidad de sus películas nunca se pierde de vista el dinero ni quién tiene poder sobre quién. Aquí la figura de la inmobiliaria se queda algo corta. Sus representantes rozan la caricatura y la demolición sirve, sobre todo, para obligar a Al a tomar una decisión. Me acordé de Aquarius, donde otra persona se aferra a su casa y a sus discos frente a los planes de unos promotores. Allí la resistencia no dejaba de ser un conflicto político; aquí, poco a poco, se convierte en una oportunidad para empezar de nuevo. Es una idea bonita, pero convertir la pérdida de una casa en la oportunidad que el protagonista necesitaba me parece un consuelo peligroso. La sucesión de visitas para comprar pertenencias también acaba repitiendo un poco el mismo movimiento. Aun así, cada vez que volvemos al piso hay menos cosas en él, y ese vacío cuenta bastante más que los empleados de la inmobiliaria.
En Hard Rock Blues, de 1976, está The Loneliest Man in Town. Ya sé qué disco de Al Cook quiero comprar. Lo de buscarle sitio en mi estantería lo resolveré cuando llegue.
The Loneliest Man in Town
- Título original:
- Director:
- Tizza Covi
- Actores:
- Alois Koch, Brigitte Meduna, Alfred Blechinger, Flurina Schneider, Sarah Morrissette



