Reseña de Siete días de febrero, de Tatjana Moutchnik
En Siete días de febrero, una familia se reúne en Stuttgart para despedir a una mujer. La casa se llena de parientes, de comida y de conversaciones que llevaban años esperando una ocasión para volver a salir. Durante los primeros minutos me acordé de Sieranevada, de Cristi Puiu: allí se celebraba un parastas ortodoxo; aquí, una shivá, los siete días de duelo de la tradición judía. En ambos casos, los vivos tienen bastante más que decirse que a la persona a la que han venido a recordar. Pero la película de Tatjana Moutchnik transcurre en febrero de 2022 y nosotros sabemos algo que todavía no saben todos los que están en esa casa: el día 24 Rusia invadirá Ucrania.
Moutchnik, nacida en Kiev y emigrada a Alemania durante su infancia, ha contado que empezó a escribir una historia sobre una reunión familiar en la Odesa de un verano cualquiera. La invasión la obligó a trasladarla al invierno alemán y a preguntarse qué significaba estar lejos cuando el país del que procedes entra en guerra. Su primer largometraje pasó por el WIP Europa del Zinemaldia en 2025, donde obtuvo sus dos premios, y ahora llega terminado a New Directors.

Arkadij vive en Alemania con sus hijas, Marina y Dasha. Ha perdido a su mujer y acaba de morir también su madre. En casa está Grisha, su padre, empeñado en que se cumplan las normas de la shivá aunque nadie parece tener demasiado claro cuáles son. Desde Odesa llegan Igor, el hermano de Arkadij, y su hijo Kolya. Los dos hermanos llevaban años distanciados, de fondo se intuyen los reproches habituales: quién se marchó, quién se quedó y quién tuvo que cuidar de los padres. Igor se pone a cocinar y a ordenar la casa. Arkadij parece no saber muy bien qué hacer consigo mismo. Mientras tanto, Marina se ocupa de que la vida diaria siga funcionando.
Pronto descubrimos que tampoco están de acuerdo en qué significa ser ucranianos. Grisha conserva el ruso como lengua familiar y sigue viendo los canales de televisión rusos. Kolya habla ucraniano y reivindica una identidad que su abuelo recibe casi como una provocación. Arkadij e Igor han tomado caminos distintos, aunque ninguno puede decir que su relación con el país sea sencilla. Las discusiones no permiten repartir a la familia entre quienes pertenecen a un lugar y quienes han dejado de pertenecer, pueden enfadarse por el idioma en que se hablan y, cinco minutos después, necesitarse para algo tan poco profundo como preparar la comida.
La guerra entra en la casa a través de teléfonos, noticias y vídeos. Moutchnik acierta al quedarse allí: no necesita llevarnos al frente para mostrar cómo cambia una familia cuando cada llamada puede traer una noticia terrible. Los hombres empiezan a hablar de volver, de ayudar, de hacer algo útil. Son decisiones comprensibles, incluso admirables, pero alguien tendrá que vivir con sus consecuencias. Ahí Marina se convierte en uno de los personajes más interesantes de la película. Mientras los adultos buscan una manera de responder a la Historia, ella cuida de Dasha y sostiene un presente que no puede esperar a que ellos se pongan de acuerdo. Los hombres quieren ser útiles, ella es util.
También se agradece que la película no convierta esas decisiones en una prueba para distinguir a los valientes de los cobardes. Querer regresar a Ucrania no borra las obligaciones con los hijos; quedarse a su lado tampoco elimina la culpa de estar a salvo. Durante el duelo por la esposa, madre o abuela, algunos están más dolidos por haber perdido la madre patria. Ninguno tiene una forma clara de despedirse de lo que ha perdido.

El problema es que Moutchnik no siempre confía en que veamos por nuestra cuenta todo lo que ha puesto en juego. Hay conversaciones en las que los personajes explican su posición con una claridad que les viene bien a los espectadores, pero no tanto a la escena. La película abre además muchas cuestiones -la emigración, la identidad, la paternidad, la memoria soviética, la importancia de la religión- y algunas apenas tienen tiempo de desarrollarse antes de dejar paso a la siguiente. La película es más interesante cuando se atreve a confiar en los espectadores.
No creo que Siete días de febrero necesite decidir quién tiene razón sobre Ucrania ni dar una respuesta limpia a la pregunta de si hay que quedarse o volver. Su incertidumbre es una parte honesta de la historia. Lo que echo de menos es que deje respirar más a menudo a sus personajes dentro de ella. Entre todas las discusiones que llenan la casa, sigo pensando en Marina: los demás pueden pasar horas preguntándose qué deberían hacer, pero Dasha seguirá necesitando a alguien que esté allí al día siguiente.
Siete días de febrero
- Título original:
- Sieben Tage Februar
- Director:
- Tatjana Moutchnik
- Actores:



