Reseña de KRUX de Ulrike Tony Vahl
Desde sus primeros minutos, Krux deja claro que algo no marcha bien en el pequeño pueblo del noreste de Alemania en el que se desarrolla la acción de la película. Se abre con una secuencia que podría pertenecer al cine de terror y que nos introduce en el estado mental de Greta, su protagonista. Poco después, una extraña y perturbadora ceremonia de boda en la que la frase hasta que la muerte los separe adquiere un extraño significado amplía esa sensación al resto de los habitantes. Ya no se trata únicamente del desequilibrio de un personaje, sino de una comunidad entera que parece haber perdido sus puntos de referencia. La Segunda Guerra Mundial está a punto de terminar y, después de tantos años de conflicto, miedo y adoctrinamiento, la normalidad que sus habitantes se empeñan en mantener empieza a resquebrajarse.
Inspirada en hechos reales, Krux supone el debut en la dirección de la alemana Ulrike Tony Vahl y llega a la competición donostiarra después de pasar por la sección Discovery del Festival de Toronto. La acción transcurre apenas diez días antes del final de la guerra. La mayoría de los hombres están en el frente y son fundamentalmente las mujeres y los niños quienes mantienen una cotidianidad sostenida todavía por sus antiguos rituales: la escuela, la iglesia o el trabajo. Pero el río comienza a devolver cadáveres mientras se aproxima un enemigo del que apenas tienen noticias y el miedo ocupa progresivamente el lugar de los hechos.
Resulta difícil ver Krux sin pensar en La cinta blanca. Comparte con la película de Michael Haneke que su acción transcurre en una comunidad rural alemana, la presencia de los niños y del profesor, pero sobre todo una atmósfera malsana construida alrededor de la obediencia y la represión. Incluso podríamos imaginar a estos adultos como aquellos niños educados treinta años antes en el autoritarismo, el puritanismo, la rigidez moral, el cumplimiento estricto de las normas y la obediencia ciega.

Vahl se apoya en la puesta en escena, la fotografía y la banda sonora para construir una atmósfera turbia, incómoda y desasosegante, cercana por momentos al cine de terror. El entorno es precioso, pero transmite mal rollo. Especialmente significativa resulta la utilización del agua, tradicionalmente asociada a la vida y aquí convertida en vehículo de la muerte.
Menos convincente resulta la insistencia en una simbología animal que tiende a subrayar excesivamente el trasfondo del relato: las serpientes que recorren la maqueta del pueblo, la cigüeña atravesada por una flecha que vuela miles de kilometros para llegar a su patria, los gusanos que dan su vida para elaborar la seda para fabricar paracaídas o las abejas que siguen el destino de su reina. Como si necesitara una imagen para apoyar cada una de las ideas principales de su película.
Lo que comienza todavía bajo los discursos de la propaganda bélica y la esperanza de una victoria termina derivando hacia el fatalismo cuando la derrota se vuelve inevitable. El alcalde y el profesor encarnan la obediencia a unas autoridades que exigen el sacrificio por la patria, mientras el párroco y una misteriosa mujer que deambula por el pueblo introducen, desde lugares muy diferentes, una resistencia esperanzada frente a esa lógica trágica. La comunidad se debatirá entre hacer caso a los primeros o a los segundos.
Porque el verdadero horror de Krux no procede finalmente del enemigo que se aproxima, sino de una comunidad que, incapaz de imaginar qué existe más allá de aquello en lo que ha creído, puede acabar convirtiendo la obediencia y el seguimiento de un patriotismo radical en su propia condena.
Krux
- Título original:
- Director:
- Ulrike Tony Vahl
- Actores:
- Jella Haase, Frida Lovisa Hamann, Clemens Schick, Lukas Miko, Martin Wuttke



