‘Sants’: Santos que yo te pinte, demonios se tienen que volver

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Reseña de Sants, de Mikel Gurrea

Suro me gustó. Mikel Gurrea conseguía sostener aquella película sobre tres patas -la pareja, la naturaleza y los trabajadores- que se alimentaban entre sí. El guion dosificaba la información, la tensión crecía poco a poco y las ideas terminaban convertidas en acciones. Unos meses después tuve la oportunidad de mantener con él una conversación larga y muy interesante sobre las contradicciones, los ideales y lo que ocurre cuando intentamos llevarlos a la práctica.

Por eso me da algo más de pena que Sants, su segunda película, no termine de encontrar el tono. Un debut puede llegar sin que sepamos demasiado bien qué esperar. La siguiente película ya viene acompañada por las expectativas que ha creado la primera. Aquí Gurrea vuelve a ser ambicioso en los temas, las formas y las referencias, pero el resultado queda desequilibrado en su mezcla de tramas y estilos. Hay cine social, melodrama familiar, noir, thriller de atracos y misterio religioso; pero el resultado es desequilibrado y todos estos elementos no llegan a enlazarse entre sí.

El origen del proyecto está en una imagen muy sugerente. Gurrea, que vive en Sants, intentó visitar la iglesia de Santa Maria para averiguar de dónde procedía el nombre del barrio, pero siempre la encontró cerrada. Una iglesia cerrada podía ser también una caja fuerte llena de tesoros. A partir de ahí investigó los robos de arte sacro y encontró la historia de Erik el Belga, un ladrón que describía sus golpes como una forma de devoción artística. Robar una imagen religiosa implica profanarla, pero también concederle un enorme valor.

Lali (Vicky Luengo) lleva una vida precaria y desarraigada, saltando entre trabajos temporales y pequeños robos. Debe regresar a Barcelona para cuidar de Gloria (Ariadna Gil), su madre, enferma de cáncer terminal. La relación entre ellas lleva mucho tiempo rota y Lali vuelve porque siente que tiene que hacerlo, sin saber muy bien si quiere estar allí. Después de robar una pequeña figura en la capilla del hospital conoce a Rosario (Eulàlia Ramón), una antigua monja que dirige una banda dedicada a sustraer esculturas religiosas de iglesias y cementerios.

Rosario ofrece a Lali dinero, un lugar al que pertenecer y una red capaz de ayudarla con los cuidados de Gloria. También le recuerda que ninguna ayuda es completamente gratuita. Su organización se parece al mismo tiempo a una banda criminal, una familia, una comunidad asistencial y una estructura religiosa dirigida por alguien a quien todos deben obediencia. Gloria es la madre biológica que necesita ser cuidada; Rosario, una madre alternativa que cuida y protege, aunque siempre espere algo a cambio.

Hay en ese planteamiento ideas interesantes sobre el deber de cuidar y el deseo de hacerlo, sobre el punto en que termina la ayuda y comienza la deuda, sobre la fe, la duda y la necesidad de pertenecer. También aparecen la muerte, el crimen, la precariedad, la maternidad, el abandono institucional y la organización comunitaria. Demasiados ingredientes que no han tenido tiempo suficiente de cocción y nunca terminan de integrarse en el mismo guiso.

Algunas asociaciones funcionan muy bien sobre el papel. Las esculturas son cuerpos frágiles y pesados que deben limpiarse, vestirse, levantarse y trasladarse, los mismos gestos que exige cuidar a una persona enferma. La iglesia mantiene sus templos cerrados y cada vez menos visitados, pero guarda objetos de enorme valor, mientras que una banda de delincuentes ofrece los cuidados que la iglesia no garantiza gracias a la venta de esos objetos.

Hay alguna idea visual interesante, como las linternas utilizadas por unos temporeros para recoger espárragos al principio que reaparecen durante los robos, relacionando el trabajo precario, el delito y el rito. Y, en general, hay cierta elegancia e intención en la puesta en escena.

En aquella conversación sobre Suro, Gurrea me explicó que el entorno rural le permitía «hablar de acciones más que de ideas». También contaba cómo las diferentes tensiones de la película funcionaban como vasos comunicantes: la crisis de pareja terminaba afectando al bosque y los conflictos laborales repercutían en la relación. En Sants esto no pasa. Hay muchas ideas, pero no siempre llegan a convertirse en acciones o personajes. Cada trama parece pertenecer a una película distinta y los vasos comunicantes no terminan de abrirse.

Cuando mejor funciona es cuando se concentra en Lali y Gloria. En los silencios incómodos, en la dificultad para tocar un cuerpo enfermo o en la imposibilidad de encontrar algo que decir a una persona que va a morir. El cuidado deja de ser un concepto y se convierte en algo concreto: quedarse, limpiar, esperar y aceptar que no se puede arreglar nada. Pero esto muchas veces viene acompañado de unos diálogos y unas interpretaciones cargadas de una falsa solemnidad que se siente bastante impostada.

La parte criminal es la que más problemas presenta. Los robos deberían aportar movimiento y tensión. En cambio, hay un par de secuencias realmente torpes y algún comportamiento difícil de explicar. La organización de los golpes no resulta interesante, las acciones carecen de precisión y la música de Valentina Magaletti intenta generar una tensión que las imágenes no han construido. 

Gurrea ha reconocido unas influencias muy ambiciosas. Ha citado Rififi y Topkapi, de Jules Dassin, por su observación silenciosa, minuciosa y artesanal del robo. También Irma Vep, de Olivier Assayas, y a Mona, la protagonista errante de Sin techo ni ley, de Agnès Varda, como referencias para construir a Lali. De Mike Leigh tomó la idea de que una película debe estar profundamente anclada en un lugar.

Veo la intención de todas ellas, pero Sants se queda lejos. Los robos no poseen la precisión ni la fascinación por el procedimiento de Dassin. Lali no tiene el magnetismo de Irma Vep ni la fuerza errante de Mona. Barcelona y el barrio de Sants están presentes, pero la película tampoco alcanza la hondura emocional o el anclaje social del cine de Leigh. Las referencias señalan con bastante claridad la película que Gurrea quería hacer. También la distancia que lo separa de ella.

Sants

Media Flipesci:
5.7
Título original:
Director:
Mikel Gurrea
Actores:
Victoria Luengo