Reseña de A VECES ME ENTRA TRISTEZA, OTRA VECES REBELIÓN de María Aparicio.
Tras llevarse el premio principal de la sección Giornate degli Autori del último Festival de Venecia, se presenta en Zabaltegi-Tabakalera del Zinemaldia A veces me entra tristeza, otras veces rebelión, la última película de la directora argentina María Aparicio. En ella se narran los encuentros y desencuentros de dos argentinos en Madrid. Eva (Eva Bianco) es una directora de cortometrajes que, después de acudir a un festival de cine en Francia, decide quedarse una temporada en la capital española. Dante (Roger Koza, conocido crítico cinematográfico metido aquí a actor) es un historiador que disfruta de una beca del Museo Reina Sofía para investigar la figura de Juan Bialet Massé, docente y constructor catalán nacido en Argentona que emigró a Argentina en 1873 y terminó desarrollando una importante actividad política e intelectual alrededor del derecho laboral, la responsabilidad empresarial y las condiciones de vida de los trabajadores.
No resulta casual que el museo ocupe un lugar tan importante en la película. Su propio origen se encuentra en una beca concedida por el Reina Sofía a Aparicio para documentarse con vistas a escribir una película sobre la historia de los derechos laborales en Argentina. Durante aquella estancia surgió la posibilidad de rodar dentro del museo y A veces me entra tristeza, otras veces rebelión aprovecha magníficamente la oportunidad. Aparicio saca partido de la arquitectura, los volúmenes, las luces, las sombras, los pasillos y las salas del edificio sin convertir nunca la película en una guía del Reina Sofía. Algunas de sus obras más conocidas aparecen en pantalla, pero, literalmente, solo de pasada.

Eva está de paso en Madrid. No conoce a nadie y tampoco parece particularmente interesada en hacerlo. La ciudad es para ella un espacio por el que deambular sin rumbo hasta que, durante una visita al museo, descubre que un hombre la sigue. Decide enfrentarse a él y pedirle explicaciones. Ese hombre es Dante. Los dos proceden de Córdoba, Argentina, y él la reconoce porque frecuentaban el mismo cineclub. A partir de ese encuentro azaroso, seguido de otros encuentros y también de varios encuentros fallidos, comienza a surgir entre los dos extraños una complicidad que podría acabar convirtiéndose o no en una historia de amor.
Es precisamente en esta primera mitad donde la película resulta más discutible. Aparicio recurre a situaciones, comportamientos y maneras de mostrarlos que empiezan a convertirse en clichés de cierto cine habitual en festivales: personajes privilegiados que no son conscientes de serlo, conversaciones con coartada cultureta en cafés, el azar como motor narrativo, una puesta en escena ligera y sencilla. En esta primera parte también introduce una secuencia onírica que imagina el contacto entre el académico y el personaje histórico al que dedica su investigación que no acaba de funcionar. Recursos con resultados desiguales dentro de una película que, como anuncia su propio título, está construida sobre una marcada estructura dual.
Durante esta primera parte, el acercamiento a las condiciones de vida de los trabajadores es fundamentalmente académico. Dante pasa las horas en la biblioteca del Reina Sofía, es el primero en llegar cada mañana, consulta documentos y publicaciones y llega incluso a realizar cálculos mediante fórmulas aparentemente absurdas para intentar comprender las condiciones de unos trabajadores que vivieron hace más de un siglo. El pasado convertido en objeto de estudio, cuantificado y observado desde la distancia confortable del investigador.
Pero después de una conversación entre Eva y Dante junto al mar —la película en su investigación viaja también hasta Argentona, localidad natal de Bialet Massé— algo cambia. No solo se modifica el interés del protagonista, sino la propia naturaleza de la película. Dante comienza a perder progresivamente la fascinación por Bialet Massé mientras aumenta su curiosidad por quienes viven y trabajan a su alrededor. Y A veces me entra tristeza, otras veces rebelión abandona paulatinamente la ficción para adentrarse en el terreno documental.

Es ahí donde la película encuentra su mayor fuerza. Aparicio recurre a un mecanismo de una sencillez casi extrema que no por falta de originalidad deja de ser efectivo: coloca ante la cámara a diferentes personas inmigrantes y les permite explicar sus condiciones laborales. Sus testimonios sobre jornadas, salarios, precariedad y dificultades cotidianas terminan construyendo un alegato mucho más elocuente que las horas de investigación académica de Dante. La abstracción deja paso a los cuerpos y las voces; los trabajadores de hace cien años, convertidos en cifras y documentos, son sustituidos por los trabajadores del presente, si bien el retrato de Aparicio deja fuera los testimonios de los trabajadores locales, a pesar de que ellos también son víctimas, si bien en menor medida, de esas inaceptables condiciones laborales.
El procedimiento obliga además a Dante a tomar conciencia de su propia posición privilegiada y dota de pleno sentido al título de la película: de la tristeza contemplativa de su primera mitad se pasa progresivamente a la constatación de la necesidad de una rebelión. También permite que, por una rendija inicialmente pequeña pero cada vez más visible, penetre la realidad política argentina y la crítica al gobierno de Javier Milei. Aparicio termina así hablando del presente mediante una investigación que parecía mirar exclusivamente hacia el pasado.
Esa transformación formal es lo más estimulante de A veces me entra tristeza, otras veces rebelión. La película comienza preguntándose cómo investigar y representar la historia de los derechos laborales y acaba descubriendo que quizá basta con salir de la biblioteca y escuchar a quienes trabajan hoy.
A veces me entra tristeza, otras veces rebelión
- Título original:
- Director:
- María Aparicio
- Actores:
- Eva Bianco, Roger Alan Koza



