Backrooms, Obsession e Iron Lung, algo más que un fenómeno

Backrooms, Obsession e Iron Lung han convertido a tres creadores digitales en fenómenos de taquilla. Más allá de la anécdota, quizá sean la respuesta, más o menos inesperada, a una pregunta que el cine lleva años haciéndose: dónde encontrar al público joven, a los nuevos cineastas y a las próximas imágenes capaces de inquietarnos.

En 2019 en El Contraplano nos preguntábamos por los retos del cine, hablamos del peligro de la concentración de la majors, del auge del terror y de productoras nuevas como A24 y Blumhouse y planteábamos la posibilidad de que, en plena era digital, pudiera estar gestándose algo parecido a un Nuevo Hollywood. Ya nos imaginábamos que las respuestas no iban a venir de una escuela de cine y del modelo clásico de cineasta surgido de escuela, cortometraje festivalero, laboratorio, Sundance y salto progresivo a la industria. Menos aún de una gran operación de estudio o de una nueva franquicia diseñada en una sala de juntas.

Ahora nos preguntamos si quizá la respuesta venga de YouTube, de los videojuegos indies y de los creepypastas. De una generación que ha aprendido a mirar el terror a través de pantallas pequeñas antes de llenar salas grandes.

De qué estamos hablando

El dato: Backrooms, Obsession e Iron Lung suman cientos de millones de dólares en taquilla -y creciendo- con presupuestos muy bajos y directores que encontraron en YouTube su espacio de creación y popularidad. Backrooms superó los 118 millones en su estreno con un coste de apenas 10millones, Obsession,con un presupuesto de menos de un millón de dolares ronda los 148 en tres semanas con el increible dato de ir aumentando la recaudación cada semana e Iron Lung hizo un recorrido de 50 millones con un coste de apenas 3 y con autodistribución, sin el apoyo de una distribuidora. Tres casos no hacen una revolución, de acuerdo. Pero tampoco podemos quedarnos en que solo son una anécdota. Vamos a estar atentos no vaya a ser que Stephen Galloway, decano de la escuela de cine de la Universidad Chapman, tenga razón en lo que dijo en una entrevista al New York Times  “No es una anomalía. Es el comienzo de un cambio gigantesco. Estos son los insurgentes cinematográficos de nuestra era”.

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Además, llueve sobre mojado. Backrooms, Obsession e Iron Lung son los casos más sonados, los que nos han dado pie para hablar de un fenómeno, pero antes hubo avisos. Los hermanos Philippou saltaron de RackaRacka, su canal de YouTube, a Talk to Me, uno de los grandes éxitos recientes del terror. Kyle Edward Ball venía de Bitesized Nightmares, donde recreaba pesadillas enviadas por usuarios, antes de que Skinamarink convirtiera esos vídeos virales en una película de culto. No es una aparición repentina, sino la consolidación de una puerta de entrada que llevaba tiempo entreabierta. No es un fenómeno que solo afecte al terror, Kogonada ya había mostrado otra variante del mismo desplazamiento: antes de Columbus y After Yang, había construido su mirada a través del videoensayo cinéfilo en internet, con piezas sobre Ozu, Bresson, Kubrick o Wes Anderson difundidas en Vimeo y YouTube y después encargadas por instituciones como Criterion o el BFI. No venía del susto ni del creepypasta, pero sí de una lógica parecida: internet como lugar donde ensayar un lenguaje antes de entrar en la industria.

No estamos hablando de tres influencers a los que alguien haya dado una cámara para ver si sus seguidores compraban entradas. Hablamos de creadores que antes de entrar en el sistema ya habían desarrollado un lenguaje, una comunidad, una relación directa con el público y, sobre todo, un concepto. Hollywood lleva años gastando cantidades obscenas de dinero en intentar saber qué quiere el público joven. Quizá una parte de la respuesta estaba en el mismo lugar al que culpaba de habérselo robado: internet.

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Volvamos a Backrooms. Iñaki ya habló hace unos meses de ella como algo más que una película: era también un síntoma. Un imaginario nacido en internet, alimentado por la estética de los espacios liminales y llevado al cine casi como consecuencia lógica de una comunidad que llevaba años construyendo imágenes, relatos y lore alrededor de un pasillo amarillo. 

Resumiendo: The Backrooms aparece en 2019 en 4chan a partir de una imagen de oficinas vacías, moqueta amarilla, techo de placas y luces fluorescentes. Un espacio funcional que ha perdido su función. Un lugar de paso en el que no parece haber salida. Una especie de pesadilla administrativa que conectó muy rápido con un montón de gente. En 2022, Kane Parsons, conocido en YouTube como Kane Pixels, convirtió esa estética en una serie de vídeos virales. No partió de una marca ya existente en el sentido habitual, sino de una imagen que mucha gente ya reconocía como propia. No estaba adaptando una saga, un cómic o un videojuego famoso. Estaba recogiendo una imagen que ya pertenecía a internet y convirtiéndola en relato.

Con Curry Barker la puerta de entrada es otra, pero la lógica es parecida. Antes de Obsession ya había utilizado YouTube para probar una forma muy concreta de terror: piezas pequeñas, baratas, directas, con una premisa clara y buen control del tono. Cortos como The Chair o Milk & Serial no era solo vídeos virales, eran cartas de presentación para un público acostumbrado a descubrir género fuera del circuito tradicional.

Backrooms, la película

Markiplier representa una variante distinta: la del creador digital que viene del ecosistema del videojuego y adapta un título indie con el que ese público ya tenía una relación previa. Iron Lung no necesita un gran universo ni una mitología expansiva. Le basta con una idea mínima y claustrofóbica —un submarino, un océano de sangre, una misión absurda— y una atmósfera de condena.

Por condensar un poco de lo que estamos hablando: antes, las películas creaban mitologías que internet ampliaba. Ahora estamos viendo cómo internet crea mitologías que el cine intenta ordenar y dar forma. Durante décadas, los espectadores salían de una sala y luego discutían, imitaban, parodiaban o expandían lo que habían visto. Ahora estamos viendo, también, que puede ocurrir al revés: primero llega la imagen, el meme, el hilo, el vídeo, el videojuego, el canal de YouTube, la comunidad. Después, si todo eso ha generado suficiente ruido, llega la película.

Eso conecta bastante bien con lo que Henry Jenkins planteaba en Convergence Culture. Los relatos ya no circulan solo de arriba abajo, desde un emisor todopoderoso hacia un público que se limita a recibirlos, sino que se expanden, se completan y van mutando entre plataformas, comunidades y usuarios. Jenkins habla de cultura participativa: fans que no solo consumen, sino que interpretan, remezclan y empujan los mundos de ficción. Backrooms encaja muy bien en esa idea. No es simplemente una película nacida de una imagen viral, sino una mitología construida en movimiento: primero una imagen, luego un foro, después vídeos, teorías, mapas, reglas, monstruos, explicaciones y, finalmente, una película intentando ordenar todo ese ruido. 

La conexión con la gente joven

Una de las cosas que más se ha destacado de Backrooms ha sido su capacidad para movilizar a espectadores jóvenes. Se habla de que el 86% del público del estreno tenía menos de 35 años, más de la mitad era menor de 25 y el 44% no llegaba a los 21. La película, además, no se apoyó tanto en la publicidad tradicional como en el  reconocimiento viral previo. TheWrap ofrecía un dato similar sobre Obsession: el 75% de su público estaba entre los 18 y los 25 años. Aunque lo más increíble, como hemos dicho antes, es que después de debutar con unos 17 millones de dólares en Estados Unidos, subió hasta los 23 millones en su segundo fin de semana y volvió a crecer en el tercero, con 26,4 millones. En tiempos de estrenos masivos, caídas rápidas y películas que desaparecen en dos semanas, que una película de terror de menos de un millón de dólares crezca tres fines de semana seguidos no es una enorme anomalía (y una muy buena noticia).

En El cine y sus retos de futuro planteábamos el problema del envejecimiento del público y la dificultad para enganchar a nuevas generaciones. Los jóvenes no consumían menos audiovisual; al contrario, consumían más que nunca. Pero lo hacían en otros lugares: series, videojuegos, youtubers, TikTok. El cine había dejado de ocupar el centro.

Siete años después, la paradoja es evidente: quizá el cine no tenía que limitarse a competir contra esos lenguajes, sino aprender a mirar lo que estaba naciendo allí. Durante demasiado tiempo se ha hablado de internet como amenaza -pantallas pequeñas, consumo fragmentado, pérdida de atención-, y algo de verdad hay en todo eso. Pero faltaba la otra mitad: internet también puede ser cantera.

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Si hablamos de cantera no es en el sentido más perezoso de fichar a alguien con seguidores y esperar que arrastre a su público a las salas. Eso casi nunca funciona. La cuestión es otra: algunos creadores digitales no han crecido solo acumulando suscriptores, sino probando formas de narrar, montar, construir atmósferas y relacionarse con la cultura visual de su tiempo. Kane Parsons no llega a Backrooms porque tenga audiencia. Llega porque, en cierto modo, ya había hecho Backrooms antes de que existiera la película.

La importancia del terror y de los presupuestos bajos

No debería sorprender que este relevo haya llegado por el terror. No ha pasado en la comedia romántica, ni en el drama adulto, ni en la aventura familiar, sino en un género que lleva años funcionando como zona de pruebas para la industria: presupuestos bajos, conceptos fuertes, directores nuevos, riesgo formal asumible y público joven. En El Contraplano ya hemos hablado de cómo es un género que se ha convertido en uno de los pocos lugares donde Hollywood todavía permite probar ideas y hablarle al presente sin necesidad de gastarse 200 millones de dólares.

También ahí encajaban A24 y Blumhouse. No solo como antecedentes industriales, sino como parte directa de esta historia: A24 está detrás de Backrooms y distribuyó en Estados Unidos Talk to Me, el salto al largometraje de los Philippou; Blumhouse se ha incorporado a Obsession, con Jason Blum como productor ejecutivo. Dos modelos distintos pero unidos por la misma intuición básica: mientras el cine americano se hinchaba de franquicias, el terror seguía encontrando imágenes nuevas.

Si una película de superhéroes o dinosaurios cuesta una fortuna, cualquier riesgo en la propuesta se interpreta como un problema financiero. A24 y Blumhouse pueden arriesgar más en sus propuestas porque arriesgan menos dinero. Menos riesgo económico, más riesgo autoral. Y el género de terror, históricamente se ha movido bien en esos márgenes. Eso no significa que el género sea libre, claro. También tiene fórmulas, tics, modas y montones de productos calculados al milímetro. Pero sigue siendo un espacio donde una buena premisa, una imagen potente o una atmósfera reconocible pueden tener tanto valor, o más, que una marca heredada. 

La fatiga de la industria

Desde hace años la industria parece convencida de que el futuro del cine está en las grandes marcas: superhéroes, juguetes, sagas resucitadas, nostalgia empaquetada y calendarios de estreno diseñados para arrasar con todo. Ya hablamos de Disney como representante de esa lógica: concentración de poder, reducción del riesgo y explotación de una misma propiedad en todas las direcciones posibles. Todo muy eficaz. Todo muy cerrado. Todo muy poco sorprendente. Y, cada vez más,todo bastante menos efectivo. Ahí están los pobres números de The Marvels, Ant-Man y la Avispa: Quantumanía, Indiana Jones y el Dial del Destino, Blancanieves o The Mandalorian and Grogu. Incluso sagas como Fast & Furious, Avatar o Misión: Imposible, sin ser necesariamente batacazos, empiezan a mostrar un claro agotamiento en taquilla y que el piloto automático de la marca ya no basta.

Y entonces llega un pasillo amarillo nacido en 4chan, convertido en vídeo de YouTube por un adolescente y transformado en película de terror, y le recuerda a la industria que una imagen nueva puede valer más que muchos éxitos del pasado. Esa es la parte interesante del fenómeno: no que unos youtubers hayan triunfado en el cine, que será el titular fácil, sino que algunas ideas están haciéndose grandes en internet antes de que los estudios sepan siquiera que existen. No porque se hayan promocionado con una campaña millonaria y una hoja de excel, sino porque hay gente que las comparte, las comenta, las modifica y las convierte en algo suyo.

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Los riesgos

Tampoco conviene idealizar todo internet. YouTube ya no es un paraíso creativo: también es industria, algoritmo y repetición. Y cada vez lo es más. Premia lo inmediato, lo reconocible y lo que puede exprimirse hasta dejarlo seco. De hecho, buena parte de los nombres de los que hablamos se formaron en una plataforma distinta a la actual: Markiplier empezó en 2012, RackaRacka en 2013, Kogonada circulaba como videoensayista en esos misma época, Kane Parsons, que tenía ¡¡10 años en ese momento!!, abrió su canal en 2015 y Curry Barker aparece con That’s A Bad Idea en 2016. Incluso los casos más recientes vienen de un YouTube que todavía dejaba más espacio a la rareza y al descubrimiento. Hoy es mucho más una fábrica de contenido optimizado.

Por eso insisto en que no conviene quedarse en la etiqueta “youtubers directores”. La cuestión es otra: dónde se están formando hoy los imaginarios. Durante buena parte del siglo XX, el cine fue una de las grandes fábricas de imágenes compartidas. Después llegaron la televisión, los videojuegos, las plataformas, las redes sociales, los memes, los directos, los foros y todas esas zonas raras donde ya no está claro si algo es narración, comentario, juego, archivo o broma privada. Lo importante es no mirar esas propuestas por encima del hombro. No despreciar lo que ven y lo que escuchan las nuevas generaciones. Lo importante es estar atentos, porque todo lo que se convirtió en fenómeno cultural empezó siendo ruido, rareza, underground. Y una película que ha pasado por tres talleres de creación de tres grandes festivales podrá ser muchas cosas, pero underground, lo que se dice underground, no es.

El riesgo, claro, es que la industria intente repetir la jugada hasta vaciarla. Si Backrooms, Obsession e Iron Lung funcionan, llegarán los intentos de comprar cualquier fenómeno viral con tres imágenes reconocibles, explicarlo demasiado, convertirlo en franquicia y confundir comunidad con mercado cautivo. Poner actores famosos, invertir millones en publicidad y, para no arriesgar, copiar la fórmula de lo que funcionó antes. Apuesto a que veremos películas basadas en memes. Porque si algo tengo claro es que la industria es muy buena descubriendo algo vivo y tomando decisiones inmediatamente para embalsamarlo.

Con esto, Disney tiene para una trilogía, una serie, una atracción en sus parques y un muñeco de regalo en el menú infantil.

Lo interesante sería justo lo contrario: detectar creadores con lenguaje propio, darles medios razonables y permitir que el largometraje expanda la rareza original sin domesticarla del todo. Esto no parece algo tan grande como un Nuevo Hollywood en sentido clásico, pero como mínimo es una nueva puerta de entrada. Y en una industria obsesionada con cerrar puertas, no es poca cosa.

El cine lleva años mirando internet como amenaza: piratería, dispersión, pantallas pequeñas, pérdida de atención, competencia por el ocio. Ahora descubre que parte de su renovación puede venir de ahí. No de internet como departamento de marketing, sino de internet como cantera estética. No porque YouTube vaya a salvar Hollywood -eso sería un titular terrible-, sino porque algunas de las imágenes que más están inquietando al público joven nacen en esos lugares raros, caóticos y contradictorios donde hoy se fabrica buena parte de la cultura popular.

Quizá el futuro del cine no va a llegar por la puerta grande. Quizá se cuele por un pasillo amarillo.